Los nervios me carcomían mientras esperaba en el pasillo. Había pasado casi un día entero desde que Valeria comenzó con las contracciones, y nunca imaginé que un parto pudiera ser un proceso tan largo y extenuante. Me sentía ansioso, con las manos inquietas, hasta que vi aparecer a la enfermera con una sonrisa tranquila.
—¿Cómo está ella? ¿Cómo están los bebés? —pregunté de inmediato, casi sin aliento.
—Están perfectamente —respondió ella—. Ya la pasamos a una habitación privada para que tengan