—BAJE LA MANO.
La voz grave de Darius bastó para congelar el aire a su alrededor.
Josselyn, con el pecho subiendo y bajando, vio cómo Edmund se quedaba inmóvil.
Hace unos instantes, el hombre mayor se había encendido de ira por las últimas palabras que ella le lanzó. La mano que jamás había acariciado su cabeza desde que nació seguía alzada, como siempre hacía, lista para caer sobre la mejilla de Josselyn.
Pero esta vez era diferente: su muñeca ya estaba sujeta.
Darius se había interpuesto entr