Gerald llegó a su oficina, era el único lugar donde podía encerrarse y no ser molestado. Necesitaba pensar en frío, planificar lo que haría sin dejarse llevar por sus emociones. Eso era algo que había aprendido de su estratega padre.
—¡Debes calmarte, Gerald! —se dijo a sí mismo— Debes calmarte —gruñó de rabia y terminó golpeando con el puño su escritorio, lanzando lo que estaba sobre él, la laptop, el retrato de su boda, la foto del pequeño Gael.
Estaba asqueado con todo lo que era su vida