El inmenso Penthouse estaba sumido en un silencio sepulcral, un silencio que a Annie le resultaba ensordecedor. Se dejó caer de rodillas sobre la mullida alfombra de su habitación y luego se arrastró hasta la cama, sintiéndose demasiado aturdida. Su mente era un torbellino implacable que no le daba tregua; no podía dejar de pensar en la mirada de decepción de su madre.
Saber que Victoria ya estaba al tanto de la cruda realidad en la que vivía la ponía en una posición de vulnerabilidad absoluta,