A su lado, Ian permanecía rígido, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir. Por primera vez, el implacable CEO parecía no saber exactamente cómo reaccionar ante el desastre emocional que acababa de provocar. Su mente calculadora, sin embargo, ya estaba buscando la manera de contener los daños.
No fue hasta que salieron al estacionamiento subterráneo, lejos de las miradas del personal del edificio, que Ian la tomó suavemente del brazo para obligarla a detenerse antes de su