El silencio en la pequeña sala de estar era tan denso que amenazaba con asfixiarlos a todos. Ian Winchester, el hombre que no temía a nada, el magnate capaz de destruir imperios enteros con una sola orden, estaba completamente petrificado.
Sus ojos viajaban del rostro de la niña al del niño, y de nuevo a la niña. Sus propios zafiros le devolvían la mirada. El aire abandonó sus pulmones como si le hubieran asestado un golpe brutal directo al estómago.
—Tres... —murmuró Ian, con la voz ronca, c