El reloj marcaba las diez de la noche en la suite del hotel, pero para Ian Winchester, el día había sido una tortura interminable que se medía en latidos agonizantes y no en horas.
De pie frente al ventanal que dominaba la ciudad de Florencia, sostenía un vaso de cristal tallado con tres dedos de whisky ámbar. No había encendido las luces. La penumbra de la habitación era el único refugio que encontró para ocultar el colapso absoluto de su mente. Había pasado todo el maldito día encerrado allí