El aire en la sala de espera del hospital olía a antiséptico y a desesperación. Annie mantenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, rogando en silencio por la vida de su pequeño. A su lado, Ian Winchester parecía una piedra, con la mirada fija en las puertas dobles por donde se habían llevado al niño.
La doctora de guardia finalmente cruzó el umbral. Se quitó los guantes de látex y se acercó a ellos con el ceño levemente fruncido, pero con una ex