Ian clavó sus penetrantes ojos zafiro en la figura arrodillada sobre el asfalto. Era ella. Estaba empapada, destrozada, pero inconfundible. Sin embargo, antes de que el choque de verla en ese estado pudiera procesarse en su fría mente de empresario, su mirada descendió hacia el pequeño bulto inerte que Annie estrechaba contra su pecho.
Un latigazo invisible, violento e irracional, le golpeó el centro del pecho. No fue un pensamiento lógico. Fue un instinto puro, primitivo y feroz. Una fuerza ma