A la mañana siguiente, la imponente mansión de los Winchester amaneció envuelta en una quietud que pronto sería destrozada. Ian no esperó a ser anunciado. Cruzó las enormes puertas de caoba de la casa de sus padres, iba lleno de furia, ignorando a los empleados que se apartaban aterrorizados a su paso. Su objetivo era uno solo: la oficina privada de Marcos.
Abrió la puerta de un golpe seco que hizo retumbar las paredes. Marcos levantó la vista de su escritorio, frunciendo el ceño ante la intrus