Tomar un riesgo de esa magnitud probablemente sería catalogado como un error suicida, pero Annie no tenía otra salida. Esa misma mañana, había salido de la modesta habitación donde se había estado escondiendo durante los últimos días y tomó un taxi directo a su antiguo departamento. Había pagado el trayecto con el poquísimo dinero que le quedaba, rezando con cada kilómetro recorrido para que su mente no le hubiera jugado una mala pasada y el dinero siguiera exactamente donde lo había dejado.
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