El almacén de seguridad de Winchester , ubicado en el subsuelo del edificio, era un lugar frío, de paredes de concreto desnudo y luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico. En el centro de la habitación, sentada en una silla metálica y temblando de pies a cabeza, se encontraba Scarlett. El rímel le escurría por las mejillas, arruinando por completo su fachada de mujer intocable de la alta sociedad.
La pesada puerta de acero se abrió con un chirrido que hizo saltar a Scarlett.