Annie se obligó a tragar la saliva que casi la ahoga, sintiendo cómo el calor le pintaba las mejillas de un rojo encendido. Ver la sonrisa pícara y cómplice de Ian, esa que desarmaba por completo su fachada de hombre de hielo, la hizo sentir acorralada. Pero no iba a permitir que él pensara que tenía el control absoluto sobre su dignidad. Apretó los puños debajo de la mesa, sostuvo la mirada de esos ojos zafiro que la escrutaban con diversión y forzó una voz firme.
—No te equivoques, Winchester