Dos lobos se lanzaban, retrocedían, otros tres ocupaban su lugar, intentaban desgastarlos, cansarlos.
Selina apretó los dientes, cada vez que expandía el aura sentía un tirón en el pecho, una presión en las sienes, un zumbido en los oídos.
Ella no estaba acostumbrada a sostenerlo tanto tiempo, no estaba entrenada para ser una guerra prolongada.
Pero sabía que no podía detenerse, no ahora, no con Lyra aún enjaulada.
Mientras tanto, Leo luchaba unos metros más atrás, pero su mirada no dejaba