La luna roja ardía sobre el claro, no era solo un color, era un símbolo, era una advertencia y un juicio.
El ambiente se estremecía con el eco de los primeros rugidos y el crujir de la tierra bajo las patas de los enormes lobos.
El aura de Selina aún se expandía como una onda invisible que obligaba a los guardias de Eros a retroceder medio paso, aunque intentaban disimularlo.
Nadie quería ser el primero en ceder, nadie quería ser el primero en caer.
Selina siguió avanzando, sin correr, sin