Narrado por Francesca
El aire en el pequeño pueblo costero de la Patagonia argentina no se parecía a nada que hubiera respirado antes. Era un aire puro, cortante, que traía consigo el olor de la sal, de la tierra lejana y, sobre todo, el aroma de una libertad que todavía me resultaba extraña, como si fuera una prenda que aún no terminaba de ajustarse a mi cuerpo.
Habían pasado seis meses desde que dejamos Italia. Seis meses desde que el Capitán Alessandro Rossi dejó de existir para el mundo, convirtiéndose en Alejandro, un hombre que trabajaba en el mantenimiento de pequeñas aeronaves agrícolas en un aeródromo olvidado por los mapas oficiales.
Me encontraba sentada en el porche de nuestra pequeña cabaña de madera, acunando a nuestra hija, Elena. Sus ojos, una mezcla del gris tormentoso de su padre y el oscuro profundo de los míos, observaban las montañas con una curiosidad que me llenaba de esperanza. Elena era nuestra prueba de fuego, la razón por la que cada amanecer valía la pena el miedo a ser encontrados.
La puerta de la cabaña se abrió y él apareció. Alejandro —así lo llamaban aquí— venía con las manos manchadas de aceite de motor y una sonrisa que, aunque siempre guardaba un resto de cautela, se había vuelto más auténtica cada día. Cuando me vio, su rostro se iluminó, esa chispa que antes era solo para la guerra, ahora estaba reservada exclusivamente para nosotras.
Se acercó, se lavó las manos con parsimonia y se dejó caer a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro.
—El motor del Cessna de los Ramírez finalmente cedió —dijo, soltando un suspiro largo—. Mañana tendré que trabajar el doble si quiero terminarlo antes de que empiece la temporada de cosecha.
—¿Y el cielo? —le pregunté, bajando la voz—. ¿Seguía despejado?
Alejandro levantó la mirada hacia las nubes que se desplazaban con rapidez sobre los Andes.
—Perfecto —respondió—. Como si estuviera esperando.
Esa era nuestra vida ahora. Un constante equilibrio entre la normalidad de una existencia anónima y el fuego de nuestros sueños. En la base militar, ser mujer significaba ser un objeto; aquí, en el fin del mundo, era una madre, una compañera y, en las noches en las que lográbamos ahorrar lo suficiente, una estudiante secreta de navegación aérea.
Lucas nos enviaba noticias cifradas una vez al mes a través de un buzón postal en la capital. Sabíamos que Moretti seguía buscando, que Bianchi no había olvidado la afrenta, pero el rastro se había enfriado lo suficiente como para que pudiéramos caminar por el pueblo sin esconder el rostro tras una bufanda.
Sin embargo, el precio de nuestra paz era el silencio. A veces, cuando la noche se volvía demasiado silenciosa, sentía el peso de mi pasado. Pensaba en mi hermano, en el riesgo que corríamos de ser descubiertos, y en mi hijo mayor, aquel al que el destino me había obligado a dejar atrás bajo el cuidado de quienes, esperaba, le darían una vida que yo jamás podría haberle brindado bajo el yugo de mis padres.
—Estás pensando en ellos otra vez —dijo Alejandro, tomándome de la mano. No era una pregunta, era una constatación.
—A veces es inevitable —admití, mirando a Elena—. Somos felices, Alejandro. Realmente lo somos. Pero a veces me pregunto si el pasado terminará encontrándonos.
Alejandro se levantó y se puso de pie frente a mí, tomándome de las manos para levantarme también. Elena soltó un pequeño balbuceo, sintiendo la energía eléctrica que siempre se generaba entre nosotros.
—El pasado solo nos encuentra si nos quedamos quietos —dijo él, con esa firmeza de soldado que aún conservaba—. Por eso no nos quedaremos aquí para siempre. He estado ahorrando. Cuando terminemos el trabajo de esta temporada, tendremos lo suficiente para comprar una pequeña avioneta propia. Una vieja, destartalada, pero nuestra.
Lo miré, sintiendo que el corazón me daba un vuelco.
—De verdad —respondió, besándome con una intensidad que hizo que el frío de la montaña se volviera irrelevante—. Vamos a volar, Francesca. No como reclutas de una base, no como fugitivos, sino como personas libres. Cruzaremos la cordillera, iremos más al sur, donde nadie sepa nuestros nombres.
Esa noche, mientras Alejandro se encargaba de Elena, me senté ante una mesa vieja y saqué mis notas de navegación. Las páginas estaban desgastadas, llenas de cálculos y anotaciones que había hecho en secreto durante años. Por fin, la teoría se convertiría en realidad.
La vida nueva no era un cuento de hadas; estaba llena de callos en las manos, de miedo al sonido de un motor que no conocíamos y de la constante vigilancia. Pero al mirar a mi familia, al ver a Alejandro trabajando con una devoción que rozaba lo sagrado, supe que no cambiaría un solo segundo de esta lucha.
Habíamos dejado atrás la muerte para encontrar una vida que, aunque precaria, era profundamente nuestra. Y, mientras la luna se alzaba sobre las montañas argentinas, comprendí que la verdadera libertad no era la ausencia de peligros, sino la capacidad de elegir por quién estar dispuesta a enfrentarlos.
Mañana sería otro día de trabajo duro, de vigilar las sombras y de reparar motores. Pero también sería un día más cerca del momento en que, finalmente, volvería a estar donde pertenecía: con las manos en los controles, el cielo frente a mí y Alejandro a mi lado.