epilogo

El sonido de los motores de la avioneta fue ahogado por el estruendo de la artillería. Cuando intentamos despegar, una ráfaga de fuego cruzado convirtió el hangar en un laberinto de escombros y metal retorcido. No pudimos huir. La realidad se impuso con una brutalidad que superaba toda nuestra capacidad de escape: la guerra no solo estaba empezando, estaba sobre nosotros.

En medio del caos, logramos poner a Elena y a Alex en el asiento trasero de un camión de suministros que salía de la ciudad hacia la campiña, confiándolos a una familia que huía en la misma dirección. Fue el último acto de nuestra vida juntos; un adiós silencioso, un apretón de manos con el conductor, y la promesa muda de que vivirían para volar más alto que nosotros.

Ahora, estábamos tirados en el suelo de lo que quedaba del hangar, apoyados contra una columna que amenazaba con ceder. El aire estaba saturado de humo y el olor a pólvora quemada. Francesca estaba a mi lado, su respiración era un siseo errático y doloroso. Una herida de bala en su costado le había arrebatado el color de la piel, dejándola con un tono cerúleo que me partía el alma. Yo sentía el calor de mi propia sangre empapando mi camisa, un frío glacial recorriéndome las extremidades que me indicaba que el final no estaba lejos.

—Alessandro... —susurró ella, su voz apenas un hilo que se perdía entre los ecos de las explosiones cercanas.

Me arrastré hasta quedar frente a ella, tomando sus manos frías entre las mías. Mis nudillos estaban manchados de hollín y sangre, pero no me importaba. Solo quería ver sus ojos una última vez.

—Estoy aquí, Francesca. Estoy aquí contigo —dije, tratando de ocultar el temblor de mi voz bajo una capa de fortaleza que ya no me quedaba.

—Nuestros hijos... ellos estarán bien. Tienen tus ojos, Alejandro. Tendrán tu fuerza —dijo ella, esbozando una sonrisa débil, una sombra de la mujer que desafió a los hombres y a las leyes—. No llores. No te atrevas a llorar ahora.

—No lloro —mentí, sintiendo cómo las lágrimas se mezclaban con el sudor en mi rostro—. Estoy pensando en el cielo. En cómo brillará mañana para ellos.

Ella me apretó la mano con una fuerza sorprendente, un último intento de aferrarse a este mundo.

—En esta vida... nos persiguieron, nos separaron, nos obligaron a escondernos —murmuró ella—. Pero en otra, Alessandro... en otra, te juro que nos encontraremos antes de que el mundo tenga oportunidad de ponernos una sola cadena. Nos encontraremos en un lugar donde el cielo sea solo nuestro.

El dolor que sentía en el pecho se hizo insoportable, pero su promesa actuó como un bálsamo. Me incliné hacia ella, uniendo nuestras frentes. El estruendo de la guerra allá afuera parecía desvanecerse, quedando solo el sonido de su aliento, cada vez más tenue.

—Te lo juro —respondí, con una convicción que nació desde el fondo de lo que me quedaba de alma—. Te encontraré. No importa cuánto tiempo pase, no importa en qué parte del tiempo o del espacio estemos. Buscaré tu mirada entre la multitud, buscaré el brillo de tus ojos en el horizonte, y cuando te encuentre, no habrá poder humano ni divino que nos separe otra vez. Te lo juro, Francesca.

Ella cerró los ojos, su cabeza cayendo suavemente contra mi hombro. Su respiración se volvió un silencio profundo. La batalla seguía rugiendo, la historia de Europa se estaba escribiendo con sangre en los campos de batalla, pero para nosotros, el tiempo se detuvo.

Me quedé allí, sosteniendo su mano mientras el frío de la noche comenzaba a ganarle terreno a mi cuerpo. No había miedo. Solo la certeza de que, aunque esta historia terminaba entre escombros y guerra, el contrato que habíamos firmado con nuestros corazones seguía vigente. Ella se había ido primero a preparar el camino, y yo, en mis últimos momentos, me preparé para seguirla.

Cerré los ojos, ignorando el fuego, ignorando el ruido, ignorando el mundo que se desmoronaba. Solo podía ver la imagen de nuestra primera avioneta, la Libertad, esperando por nosotros en un cielo que no tenía fronteras. Nos encontraríamos. Esa era mi única certeza. La promesa estaba hecha, y el juramento estaba sellado. En otra vida, volveríamos a volar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP