Capítulo 34: El fuego bajo el hielo

 

Narrado por Alejandro

La noche había caído sobre la Patagonia con una ferocidad que solo quienes viven en el fin del mundo pueden comprender. El viento aullaba contra las paredes de madera de nuestra cabaña, un sonido salvaje que se mezclaba con el crepitar de la leña en la chimenea. Dentro, la calma era absoluta. Elena, nuestra pequeña, se había quedado dormida hace horas, acunada por el murmullo de la tormenta y el arrullo de su madre.

Yo estaba sentado junto al fuego, vistiendo solo un pantalón de chándal desgastado, con las manos aún ásperas por el trabajo en el taller y la mente divagando entre los planos de la vieja avioneta que planeábamos comprar y la incertidumbre que siempre nos acompañaba como una sombra.

El crujido de la puerta del dormitorio me sacó de mis pensamientos. Levanté la vista y el aliento se me quedó atrapado en la garganta.

Francesca entró en la estancia, pero no era la Francesca de los días de trabajo, ni la madre cautelosa que cuidaba cada paso. Llevaba puesta una de mis camisas de trabajo, una prenda de algodón grueso que apenas le llegaba a los muslos, dejando al descubierto sus piernas largas y torneadas. Sobre su cabeza, reposaba mi gorra de mecánico, un detalle que me resultó de una provocación insoportable. Sus ojos, oscuros y decididos, brillaban con una intensidad que hizo que mi sangre comenzara a hervir.

Se acercó a mí con una lentitud felina, consciente de cada movimiento. El algodón de la camisa se ceñía a su cuerpo, revelando la silueta que había cautivado mi alma y mi razón desde el primer día que la vi. Se detuvo frente a mí, sin decir una palabra, y una sonrisa ladeada, cargada de una travesura que no veía desde Italia, se dibujó en sus labios.

—Elena ya duerme —dijo, su voz ronca por el deseo—. La casa es nuestra, Alejandro.

Me levanté de un salto, rompiendo la distancia que nos separaba. La atraje hacia mí por la cintura, sintiendo la suavidad de la camisa bajo mis manos. El aire entre nosotros era denso, cargado de una electricidad que amenazaba con incendiar la cabaña.

—Estás loca —musité, rozando sus labios con los míos—. ¿Sabes lo que haces cuando te pones mi ropa?

—Lo sé perfectamente —respondió ella, inclinando la cabeza—. Y sé lo que provoca en ti.

La cargué en brazos y la llevé hacia la alfombra, frente al fuego. Allí, en la penumbra, mientras las llamas danzaban en las paredes, la realidad de nuestra nueva vida pareció desvanecerse. Éramos solo dos personas que habían desafiado al mundo, dos almas que se habían encontrado en el infierno para crear su propio paraíso.

Me separé un poco para mirarla, para grabar cada rincón de su rostro en mi memoria.

—Es hora de otro —dije, una idea que me golpeaba con la fuerza de un rayo, un deseo irracional de sellar nuestro amor con una vida más, una prueba definitiva de que nuestro futuro no era una huida, sino una construcción.

Francesca soltó una carcajada vibrante, pero sus ojos no se desviaron de los míos.

—¿Otro? —susurró, con un tono burlón—. Estás loco, Alejandro. Apenas podemos con esta vida de fugitivos, con el miedo a que nos encuentren, y tú quieres expandir nuestra familia. Estás completamente loco.

—Quizás —admití, mientras mis manos comenzaban a desabotonar la camisa, dejando que la tela cayera al suelo—. Pero es una locura que quiero vivir contigo. No quiero dejar rastro de lo que fuimos, quiero dejar un rastro de lo que somos ahora. Quiero que el mundo sepa que, a pesar de todo, nosotros vencimos.

Ella se tensó bajo mi tacto, un gemido escapando de su garganta. De repente, una sombra de duda cruzó su mirada, una de esas inseguridades que la perseguían como un fantasma del pasado.

—Alejandro, recuerda lo que soy —dijo, su voz decayendo—. Sigo siendo tu amante. Sigo siendo esa mujer que no tiene un nombre oficial, que vive entre sombras. No quiero que nuestra hija crea que...

Su voz se apagó bajo mis besos. La palabra "amante" golpeó mis oídos como un insulto, una etiqueta que el mundo le había impuesto pero que yo despreciaba con cada fibra de mi ser. Me enfureció que ella todavía se viera a sí misma a través de los ojos de quienes nos juzgaron. La tomé con una urgencia que rayaba en la desesperación, queriendo borrar ese concepto de su mente, queriendo reclamar cada centímetro de su piel para que solo conociera mi posesión, mi devoción.

La penetré con una fuerza que buscaba acallar sus dudas, una intensidad que mezclaba el placer con la rabia de que ella todavía se sintiera menos que mi mujer. Ella gimió, un sonido que era una mezcla de dolor y éxtasis, sus manos aferrándose a mis hombros con una desesperación igual a la mía. Cada embestida era un reclamo, una forma de decirle, sin necesidad de palabras, que no era mi amante; era la dueña de mi presente, la arquitecta de mi futuro y la única mujer que tendría en esta vida.

El fuego de la chimenea proyectaba sombras que se movían a nuestro alrededor, testigos mudos de nuestra entrega. Francesca me miraba, su cuerpo arqueándose bajo el mío, su respiración agitada siendo el único sonido que importaba en aquel lugar olvidado del mundo. En su mirada ya no había duda, solo el abandono total a nuestra verdad.

—Dime quién eres —gruñí, mientras la intensidad nos llevaba al borde del abismo—. Dime qué eres para mí.

—Tuya —jadeó ella, sus palabras perdiéndose en el fragor de nuestro encuentro—. Solo tuya. Nada de amantes, Alejandro. Tuya.

En el clímax, sentí como si el tiempo se detuviera. Éramos una sola entidad, un solo corazón latiendo en el centro de la tormenta. Cuando el silencio regresó, solo quedó el sonido de nuestra respiración pesada y el crepitar de la leña consumiéndose.

La abracé contra mi pecho, cubriéndola con mi cuerpo, asegurándome de que supiera que, sin importar lo que el mundo dictara o lo que los archivos secretos dijeran, ella era mi esposa en todo lo que importaba.

—No vuelvas a usar esa palabra —dije, besando su frente con una suavidad que contrastaba con nuestra intensidad previa—. No vuelvas a decir que eres una amante. Estamos en este desierto, en este fin del mundo, precisamente porque eres la única mujer que ha significado algo para mí.

Ella cerró los ojos, exhausta pero en paz.

—A veces olvido lo que dejamos atrás, Alejandro. A veces el miedo me hace sentir pequeña.

—Ya no eres pequeña —le aseguré, apretándola contra mí—. Somos gigantes, porque nos atrevimos a tomar lo que nos pertenecía.

Pasamos el resto de la noche así, envueltos en el calor de nuestras promesas, mientras afuera la naturaleza seguía su curso indiferente a nuestra pequeña lucha por la felicidad. Por primera vez en mucho tiempo, no hubo planes de huida, no hubo conversaciones sobre el pasado. Solo existíamos nosotros, y la promesa implícita de que, sin importar el camino que eligiéramos, lo recorreríamos juntos.

Mientras el sueño comenzaba a vencernos, miré hacia la habitación de Elena. Nuestra hija, nuestra pequeña prueba de que el amor podía sobrevivir a la guerra. Y luego miré a Francesca, dormida a mi lado, y supe que si el destino decidía ponernos a prueba una vez más, estaríamos listos. Porque ya habíamos ganado. Habíamos conseguido lo que pocos hombres y mujeres en nuestra posición logran: la libertad de ser nosotros mismos, lejos de los juicios, de los rangos y de las etiquetas que intentaron destruirnos.

La mañana traería sus propios problemas: motores por reparar, decisiones que tomar, el miedo constante a ser descubiertos. Pero esa noche, en el corazón de nuestra cabaña, éramos los únicos dueños de nuestro universo. Y eso, para mí, era suficiente.

La verdadera prueba, sin embargo, estaba a punto de llegar. Sabíamos que, aunque hubiéramos dejado Italia atrás, los lazos que nos unían a ella estaban a punto de tirar de nosotros de nuevo. Pero, por ahora, el silencio de la Patagonia era nuestro mejor aliado, y la paz que habíamos construido, nuestro mayor tesoro.

 

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