Capítulo 32: La elección de las nubes

 

Narrado por Alessandro

Las palabras de Lucas aún resonaban en la habitación como un eco lejano. Dos horas. Teníamos dos horas para decidir si el resto de nuestras vidas seguiría siendo una huida constante o si, finalmente, tomaríamos el control de nuestro destino.

Miré a Francesca. Estaba allí, frágil pero con una luz en los ojos que no había visto desde Turín. Nuestra hija, pequeña y ajena al caos, era el ancla que me unía a la tierra, pero Francesca... Francesca era el viento que me pedía despegar.

Me puse en pie y caminé hacia la ventana, observando la oscuridad del pueblo. La elección era brutal en su simplicidad: podía regresar a la base, presentar mi renuncia, aceptar las consecuencias y tratar de salvar lo que quedaba de mi matrimonio con Bianca, condenando a Francesca a seguir siendo una sombra en el expediente de un hombre como Lucas. O podía quemar mis puentes.

Podía desertar. Podía convertirme en el hombre que la sociedad militar llamaba traidor, renunciar a mis galones, a mi sueldo y a la seguridad de la vida que había conocido, todo para caminar hacia lo desconocido con una mujer que había aprendido a volar sobre las leyes de los hombres.

—Alessandro —la voz de Francesca me alcanzó, suave pero cargada de una determinación que me hizo girarme—. No tienes que hacerlo. Lucas ha dicho que puede llevarme fuera del país. Puedo irme sola con la niña. Tú tienes una vida aquí. Tienes un hijo.

Me acerqué a ella y le tomé el rostro entre las manos, obligándola a mirarme.

—¿Crees que soy capaz de vivir una vida de mentiras, sabiendo que tú estás en el otro extremo del mundo, luchando sola contra todo? —negué con la cabeza—. Ese Alessandro Rossi murió en el momento en que te vi en el taller, cubierta de grasa, soñando con aviones que el mundo te prohibía.

Me arrodillé ante ella, sintiendo que mi decisión no era un impulso, sino la única verdad que me quedaba.

—He tomado mi decisión —anuncié, y sentí una paz extraña, una claridad que nunca antes había experimentado—. No me iré solo para protegerte desde lejos. Me iré contigo. Renunciaré. Desertaré si es necesario. Lucas puede ayudarnos con los pasaportes, puede ayudarnos a cruzar la frontera. Pero el resto del camino, Francesca, lo haremos juntos.

Ella se quedó sin aliento. Sus ojos, húmedos de lágrimas, me buscaron con una intensidad que me confirmó que no había vuelta atrás.

—¿Y tu hijo? —preguntó ella, un hilo de duda filtrándose en su voz—. No puedes dejarlo.

—No voy a dejarlo —respondí, sintiendo el dolor punzante en el pecho—. Pero no puedo ser el padre que necesita si estoy destruido por dentro. Voy a luchar para estar presente en su vida de la única manera que pueda, aunque sea desde la distancia al principio. Pero mi lugar, el lugar de mi alma, está contigo.

Francesca sonrió, y fue la sonrisa más brillante que le había visto nunca. Se inclinó hacia adelante y me besó, un beso que sabía a despedida de nuestra antigua vida y a promesa de una nueva.

En ese momento, la puerta se abrió y Lucas entró, con una expresión de urgencia. Sus ojos recorrieron nuestra postura, y al ver la resolución en mi rostro, asintió levemente.

—El tiempo se acaba —dijo él, sin rastro de burla—. Tengo dos pasaportes falsos listos. Un vuelo privado despega desde una pista clandestina cerca de la costa al amanecer. Si se van ahora, nunca podrán volver a Italia. Serán fantasmas para el resto del mundo.

—Entonces seremos fantasmas —dije, poniéndome de pie y ayudando a Francesca a levantarse.

Ella tomó a la bebé, la arropó con fuerza y me miró. Era el momento de soltarlo todo: la lealtad al Coronel Moretti, la presión de Bianchi, el estigma de la deserción.

Caminamos hacia la puerta, pero antes de salir, me detuve. Miré a Lucas, el hombre que había arriesgado todo por un secreto que nadie más debía conocer.

—Gracias —dije, una palabra pequeña para una deuda tan grande.

Lucas se encogió de hombros, mirando hacia la chimenea.

—Solo asegúrate de que ella llegue a un lugar donde pueda volver a volar, Rossi. Es lo único que me importa.

Salimos al aire frío de la noche. El motor del coche de Lucas rugió, pero yo me dirigí al mío. Sabía que debíamos dejarlo atrás y seguir a Lucas. Mientras conducía por las carreteras secundarias hacia la costa, miré a Francesca por el espejo retrovisor. Estaba tranquila, acunando a nuestra hija. La tormenta había pasado, pero el futuro nos esperaba en un horizonte que no conocíamos.

Había dejado de ser el Capitán Rossi. Ya no era un soldado de la Italia de posguerra. Era simplemente Alessandro, un hombre que, al elegir a la mujer que amaba, había encontrado la única libertad que realmente importaba: la de vivir bajo sus propias reglas, incluso si eso significaba perderlo todo para empezar de nuevo.

A medida que el alba empezaba a pintar el cielo de un naranja pálido sobre el mar Adriático, supe que nuestra verdadera historia apenas comenzaba. Éramos fugitivos, sí, pero por primera vez en mi vida, no estaba huyendo de nadie. Estaba corriendo hacia la libertad.

 

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