Capítulo 31: La verdad tras el velo

 

Narrado por Alessandro

La dirección que Lucas me había dado me llevó a una casa de campo aislada, un refugio que olía a pinos y a medicina. Con la bebé arropada contra mi pecho, salté del coche antes de que el motor terminara de enfriarse. No me importaba la seguridad, no me importaba si era una trampa; solo existía la necesidad de devolverle a Francesca la parte de sí misma que la mantenía viva.

Entré sin llamar. La sala estaba iluminada por una lámpara de luz tenue que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes. Allí, en un sofá de terciopelo desgastado, estaba ella. Francesca lucía una palidez casi fantasmal; su rostro estaba demacrado, con el cabello largo desparramado sobre los hombros, pero sus ojos, al verme entrar, se encendieron con un brillo que superaba a cualquier estrella.

Lucas estaba de pie junto a la chimenea, observando las llamas con una distancia profesional, casi académica. No le dediqué ni una mirada. Crucé el espacio en dos zancadas y me arrodillé frente a Francesca.

—Aquí está —susurré, depositando a la pequeña en sus brazos débiles.

El encuentro fue un suspiro. Ella tomó a la bebé con manos temblorosas, acercándola a su cuello y ocultando su rostro en el aroma de la niña. Sollozó, un sonido bajo y profundo que se mezclaba con el latido de nuestros corazones. Sin pensarlo, me incliné y sellé mis labios con los suyos. Fue un beso descarado, una declaración de propiedad y amor frente a cualquiera que estuviera mirando. No me importaba Lucas. No me importaba si el Coronel Moretti estaba observando desde la ventana. Por primera vez en meses, el mundo exterior no existía.

Una tos seca y deliberada rompió el momento.

Lucas se acercó, ajustándose las insignias de su chaqueta. Nos miró con una calma que me descolocó por completo. Ya no había rastro del depredador que vi en el estacionamiento; en su lugar, había una fatiga humana, una honestidad casi hiriente.

—Capitán Rossi —dijo él, su voz plana y carente de cualquier amenaza—. Si ha terminado con su despliegue de afecto, creo que debemos hablar.

Lo miré con desafío, pero Francesca, aún abrazada a la bebé, me tomó del brazo. Su agarre era firme, su mirada me pedía calma.

—Alessandro, escúchalo —dijo ella, con la voz rota—. Él no es lo que piensas. Él no es mi captor.

Lucas soltó una carcajada amarga y se pasó una mano por el cabello. Se acercó a una mesa auxiliar y sirvió una copa de licor, aunque no bebió.

—Tengo poder, sí —comenzó Lucas, mirando hacia el techo como si buscara las palabras adecuadas—. Tengo influencia, contactos y el respeto de hombres que usted, Rossi, ni siquiera puede nombrar. Pero mi matrimonio con Francesca no es más que una farsa burocrática. Soy gay. Mi vida personal es un secreto que, en este ejército de la vieja escuela, destruiría mi carrera en segundos.

Me quedé petrificado. Las piezas empezaron a encajar con una rapidez vertiginosa.

—Necesitaba una tapadera —continuó Lucas, acercándose un paso—. Y Francesca necesitaba a alguien que pudiera mover las fichas necesarias para borrar su rastro, alguien que tuviera el rango suficiente para evitar que Bianchi o Moretti la encontraran. El acuerdo era simple: yo le daba protección legal, y a cambio, ella se convertía en mi esposa oficial ante el mando.

Me puse de pie, sintiendo el peso de mi propia ceguera.

—¿Y por qué ella? ¿Por qué arriesgar tanto por una mujer que no conocías?

Lucas sonrió, una sonrisa triste y genuina.

—Porque ella es la única persona en este país que me ha mirado sin juzgar quién soy. Además... —hizo una pausa, mirando a Francesca con una lealtad absoluta—, ella tiene un sueño. Francesca no solo quería esconderse; ella quería volver a volar. Yo he estado moviendo los hilos, falsificando expedientes de vuelo en otros continentes y asegurándole que, en el momento en que estuviera lista, el cielo volvería a pertenecerle. Ella no es mi esposa, Rossi. Es mi mejor amiga, mi hermana de armas.

El silencio que siguió fue denso. La tensión que había estado cargando durante meses —la sospecha, los celos, el odio hacia el hombre que creía que la poseía— se desvaneció, dejándome con una sensación de vacío.

Lucas suspiró, dejando la copa sobre la mesa.

—Ella le ama a usted, Rossi. Y, honestamente, es una suerte para usted, porque si no fuera por ella, yo mismo le habría enviado a un tribunal de guerra hace tiempo.

Sin decir una palabra más, Lucas se giró y caminó hacia la puerta. Se detuvo en el umbral, mirando una última vez hacia la pequeña familia que estábamos formando en ese salón.

—Los dejo solos. Tengo que gestionar su traslado fuera del país antes de que la noticia de la bebé llegue a oídos de Bianchi. Tendrán dos horas. Aprovechenlas.

La puerta se cerró con un chasquido suave, dejándonos en un silencio sepulcral.

Francesca comenzó a llorar, pero esta vez eran lágrimas de alivio, de una descarga emocional que parecía haberla dejado sin aliento. Me senté junto a ella, envolviéndola en mis brazos. La bebé, ajena a la tormenta que acababa de despejarse, dormía tranquilamente sobre el pecho de su madre.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté, besando su sien.

—Tenía miedo —susurró ella, escondiéndose en mi hombro—. Miedo de que, si lo sabías, tu sentido del deber te obligara a exponerte. Miedo de que Lucas fuera descubierto por mi culpa. Alessandro, he vivido en el filo de una navaja durante tanto tiempo...

La estreché con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Afuera, la noche caía sobre el pueblo pequeño, escondiendo nuestro secreto. Estábamos a salvo por ahora, pero sabía que el tiempo que Lucas nos había dado era el único lujo que podíamos permitirnos.

¿Quién era realmente Francesca, y qué tipo de vida podíamos construir cuando el mundo entero quería que ella fuera una sombra y yo, un oficial intachable? Mientras la acunaba, supe que no nos detendríamos. Ni el mando, ni la sociedad, ni las mentiras que habíamos tenido que contar para sobrevivir, podrían mantenernos en tierra por mucho tiempo más. Nuestra vida juntos apenas comenzaba, y el cielo nos estaba llamando.

¿Qué es lo que sigue ahora que conoces la verdad, sabiendo que el tiempo para escapar se agota?

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