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Capítulo 26: La despedida bajo el cielo de cristal

 

Narrado por Alessandro

Desperté antes de que el sol alcanzara su cénit. El silencio en el apartamento era distinto al de la noche anterior; no era un silencio de paz, sino un vacío que se me instaló en el pecho como una bala de hielo. Me giré, esperando encontrar la calidez de su cuerpo, la curva de su espalda contra la mía, pero mis manos solo encontraron sábanas frías.

—¿Francesca? —mi voz, ronca y cargada de una premonición funesta, apenas resonó en la amplitud de la habitación.

No hubo respuesta. Me levanté de un salto, una urgencia primitiva recorriéndome la columna. El apartamento estaba inusualmente ordenado. Su ropa, el uniforme que había dejado tirado con tanta pasión hace apenas unas horas, ya no estaba. La pequeña maleta que trajo consigo, desaparecida.

Caminé hacia el salón, con el corazón golpeándome las costillas con una fuerza inhumana. Sobre la mesa de cristal, donde habíamos discutido sobre nuestro futuro, reposaba una hoja de papel doblada con precisión militar.

Mis dedos temblaban al desdoblarla. La letra era firme, la caligrafía de una mujer que había aprendido a volar antes de que el mundo decidiera cortarle las alas.

"Alessandro: No busques. No hay rastro. Eres un soldado, sabes que cuando una misión se vuelve insostenible, la única opción es la retirada. No te culpes por este vacío; culpa al destino que nos hizo coincidir en el lugar equivocado, en la vida equivocada.

He logrado lo que vine a buscar. He volado, aunque haya sido en secreto. He vivido la libertad, aunque haya sido robada. Y en ese proceso, en medio de la guerra y los informes falsos, encontré algo que no estaba en mis planos: te encontré a ti. Te amé, Alessandro, de la única forma que sé amar: con fuego, con rabia y con la desesperación de quien sabe que está destinado a perder.

Pero no puedo ser egoísta. He pasado toda mi vida luchando contra los límites que otros me impusieron, pero no seré yo quien ponga límites a tu existencia. Tienes un hijo. Ese niño necesita un padre, necesita a un hombre íntegro, no a un oficial deshonrado por la búsqueda de una mujer que el mundo llama desertora. El bebé te necesita más que yo. Si te quedas conmigo, si luchas por mí, perderás tu carrera, tu nombre, tu hogar. Perderás la oportunidad de ver crecer a alguien que lleva tu sangre y tu promesa de futuro.

Tal vez tenían razón los que me decían que, en esta vida, una mujer como yo no tiene derecho a los cielos. Quizás mi lugar estaba en la tierra, bajo el peso de un matrimonio forzado o en el olvido de un taller. Pero no voy a permitir que mi sueño destruya el tuyo. No seré el ancla que hunda tu vida al fondo del mar.

No te preocupes por Moretti, ni por Bianchi. Me he encargado de que no puedan seguir mi rastro. Desapareceré en la bruma de lo que nadie quiere buscar. Sigue volando, Alessandro. Sigue siendo el Capitán que el mundo espera que seas. Hazlo por el niño. Hazlo por ti. Y cuando mires al cielo en una noche clara, recuerda que allá arriba, en algún lugar, una mujer que se negó a ser muñeca sigue buscando la forma de alcanzar las nubes, libre de cadenas.

Adiós, Alessandro. Sé feliz. Es el único sacrificio que realmente me dolerá aceptar."

El papel cayó de mis dedos y flotó hasta el suelo como un ala rota. Sentí que el aire se tornaba irrespirable. La rabia, el dolor, una frustración tan vasta que me nublaba la vista, todo se mezcló en un grito silencioso que me desgarró por dentro.

Corrí a la ventana, abriéndola de par en par. El viento de la ciudad me golpeó el rostro, pero no había rastro de ella allá abajo. Solo el flujo constante de coches, gente yendo a sus trabajos, vidas normales, vidas que no se desmoronaban como la mía.

—¡Cobarde! —grité hacia el vacío, mi voz perdiéndose entre el tráfico—. ¡Francesca, vuelve aquí y pelea!

Pero sabía que no volvería. La conocía demasiado bien. Cuando Francesca tomaba una decisión, no había ejército, ni ley, ni hombre en la tierra que pudiera hacerla retroceder. Había elegido el autosacrificio, la forma más alta de crueldad y la forma más pura de amor. Me estaba entregando mi vida de vuelta, sacrificando su existencia para que yo pudiera ser el padre y el oficial que Bianca y el mando militar esperaban.

Me desplomé en el sofá, con la carta en la mano, sintiendo cómo la realidad me golpeaba con toda la fuerza de un avión en picada. El compromiso con Moretti, la caza humana, mi vida de mentiras... todo seguía ahí, pero ahora, el motor que me permitía soportarlo había desaparecido.

Recordé la nalgada, la forma en que la atraje hacia mí, la intensidad con la que la hice mía esa misma noche. ¿Cómo podía un cuerpo recordar tanto cuando el otro ya no estaba? Cada caricia en su piel, cada gemido suyo, ahora eran recuerdos que se convertían en astillas clavadas en mi memoria.

El Capitán Rossi, el héroe de guerra, el hombre con una carrera impecable, estaba muerto. Francesca se lo había llevado consigo, dejándome solo el uniforme.

Horas después, las sirenas de la base empezaron a sonar a lo lejos, un recordatorio de que mi permiso había terminado. Tenía que volver. Tenía que llegar a casa, besar a Bianca, tocar su vientre y fingir que el futuro era brillante. Tenía que enfrentar a Moretti, mirarlo a los ojos y hablar de la búsqueda de la desertora, ocultando que la desertora era el único centro de mi universo.

Me vestí con movimientos mecánicos. El uniforme parecía una camisa de fuerza. Al abotonarme la chaqueta, sentí el peso de las medallas, de los galones, del rango. Nunca se habían sentido tan pesados, tan vacíos.

Mientras conducía de regreso a la base, la ciudad pasaba a mi lado como una película borrosa. Busqué en el cielo, queriendo encontrar un avión, un rastro de vapor, una señal. Pero solo encontré un cielo gris, indiferente, que me recordaba que la libertad no era un derecho, sino un privilegio que solo algunos, como ella, tenían el valor de reclamar.

Llegué a la base y me reporté. Moretti estaba en su oficina, un mapa desplegado sobre el escritorio. Me miró con esa frialdad burocrática que siempre me había molestado, pero que ahora, tras lo que sabía, me daba náuseas.

—Capitán Rossi —dijo, sin levantar la vista—. Hemos tenido avances. Bianchi está impaciente. Tenemos un posible avistamiento cerca de la frontera. Prepárese para el despliegue a primera hora.

—Sí, mi Coronel —respondí, cuadrándome, con la voz firme y desprovista de emoción—. A la orden.

Me di la vuelta y salí de su despacho. Mientras caminaba por el corredor, sentí el peso de la carta en mi bolsillo, pegada a mi pecho como un escudo. Francesca pensaba que me estaba salvando. Creía que me estaba dando una vida. No entendía que, al irse, me había quitado el único motivo que tenía para querer vivirla.

Esa noche, en casa, Bianca me recibió con una sonrisa tentativa, todavía dolida por la pelea de hace un mes. Me habló del bebé, de la cuna, de la decoración. Yo asentía, sonreía en los momentos adecuados, acariciaba su vientre con la mano que aún conservaba el rastro de la piel de Francesca. Era un acto de traición perpetua.

Pero por la noche, cuando todos dormían, me acercaba a la ventana de la habitación del bebé, mirando hacia el firmamento.

"No voy a destruir tus sueños", me había dicho. Pero, Francesca, los habías destruido todos al irte.

Me sentía como un espectro, un hombre que caminaba por un mundo que ya no reconocía. El compromiso con Moretti, la búsqueda, la lealtad... todo era una farsa. La única verdad era el vacío que ella dejó, y el hecho de que, en algún lugar, bajo un cielo que no podíamos compartir, ella estaba buscando sus propias alas.

Sabía que no podía dejar de buscarla. No por la orden del Coronel, no por el deber, ni por el honor. La buscaría porque ella era la única realidad que le quedaba a mi alma. Si ella me había regalado una vida, yo se la devolvería encontrándola, aunque fuera al fin del mundo. Y si la ley, el Coronel o el mismísimo Bianchi se interponían, que ardieran. Porque ahora, Alessandro Rossi ya no tenía nada que perder, y un hombre que lo ha perdido todo es el arma más peligrosa del mundo.

Me acosté al lado de mi esposa, cerré los ojos y, en la oscuridad, imaginé el sonido de un motor de aviación, el rugido de la libertad, y su risa, esa risa que nunca volvería a escuchar, pero que me guiaría por el resto de mi existencia en esta vida de sombras. Francesca se había ido, pero la cacería apenas empezaba. Y esta vez, no sería para entregarla, sino para recuperarla, sin importar el precio.

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