Capítulo 27: La sombra del regreso

 

Narrado por Alessandro

Los meses se habían convertido en una neblina espesa, un invierno del alma que nada podía descongelar. Mi hijo tenía tres meses de nacido, un pequeño ser al que observaba con una mezcla de ternura y una culpa devastadora. Él era la prueba de que Francesca tenía razón: yo tenía una responsabilidad, una vida que proteger, un legado que cuidar. Sin embargo, cada vez que lo cargaba, mi mente volaba hacia el cielo, hacia la libertad de aquella mujer que había desaparecido de mi vida como si nunca hubiera existido más que en una alucinación compartida.

La base aérea era un mausoleo de recuerdos. Cada hangar, cada pista, cada pasillo me devolvía un eco de ella. De Francesca no había ni una noticia; los informes de Moretti habían muerto, la búsqueda se había enfriado como las cenizas de un incendio que ya no tenía combustible.

Ese martes, la base se sacudió con la llegada de una unidad de transferencia. Un nuevo Capitán, un hombre llamado Lucas, había sido asignado al escuadrón. Su presencia fue anunciada con la pompa habitual, pero lo que realmente capturó la atención de todos fue la mujer que lo acompañaba.

Estábamos en el salón de oficiales cuando entraron. Ella caminaba con una elegancia que me detuvo el aliento. Tenía el cabello largo, oscuro y sedoso, cayendo sobre sus hombros como una cascada nocturna. Llevaba un vestido holgado de seda, pero no podía ocultar la protuberancia inconfundible de un embarazo avanzado.

El tiempo se detuvo. Mi corazón dio un vuelco que dolió físicamente. Era ella. Era Francesca, aunque su aspecto fuera una máscara perfecta de la alta sociedad. Se presentaba como la esposa del Capitán Lucas, una mujer refinada, con una sonrisa gélida y unos ojos que me evitaron con una determinación asustadora.

—Capitán Rossi, permítame presentarle a mi esposa, Francesca —dijo Lucas con un orgullo que me provocó una arcada de celos.

Ella se limitó a inclinar la cabeza, sus dedos rozando apenas mi mano al saludar. No hubo reconocimiento en su mirada, ninguna fisura en su actuación. Pero cuando su mano tocó la mía, sentí una descarga eléctrica que me recorrió hasta los huesos. Ella seguía siendo Francesca. Seguía siendo mi mujer.

El resto del día fue una tortura. Seguí sus movimientos desde las sombras, aprovechando el descuido de Lucas durante una reunión de logística. Vi cómo ella se alejaba hacia el sector administrativo, sola, buscando un momento de respiro. La intercepté en el pasillo y, antes de que pudiera emitir un sonido, la sujeté con firmeza por el brazo y la introduje en mi oficina, cerrando la puerta y bloqueándola con el cerrojo.

La oscuridad de la habitación fue mi aliada. Ella se dio la vuelta, respirando con dificultad, su máscara a punto de romperse.

—¿Qué haces, Alessandro? —siseó, su voz temblorosa—. Si alguien nos ve...

No la dejé terminar. Me abalancé sobre ella, atrapándola entre mis brazos, mis manos recorriendo su rostro como si estuviera intentando confirmar que era real, que no era otro de mis sueños tortuosos. La besé con una desesperación que mezclaba odio, alivio y una lujuria que llevaba meses acumulada. Fue un beso desesperado, salvaje, que la obligó a retroceder hasta que chocó contra el escritorio.

Ella intentó luchar, sus manos empujando mi pecho, pero luego, el aliento se le escapó en un gemido. Su resistencia se desmoronó.

—Dime —gruñí, separándome apenas unos milímetros para mirar su vientre—. Dime que es mío.

Francesca se quedó paralizada. Su mano se posó instintivamente sobre su barriga, protegiéndola. Su mirada, una vez fría, se llenó de un terror que me confirmó la verdad.

—No tienes derecho a preguntar —dijo ella, tratando de recuperar el aire—. Lucas... él me salvó, Alessandro. Él me dio un nombre, una seguridad...

—¡No me importa Lucas! —rugí, mi voz retumbando en las paredes—. ¡Mírame a los ojos y dime que este niño no lleva mi sangre!

Discutimos, una lucha de reproches y verdades a medias que llenó el espacio de una electricidad peligrosa. Ella intentaba huir, recordándome que tenía una vida, que había tomado una decisión, que yo estaba casado y tenía otro hijo. Pero cada palabra era una mentira que ambos sabíamos que no nos creíamos. La tomé por la cintura, obligándola a enfrentarme, y una vez más, nuestros labios se encontraron.

Esta vez, no hubo palabras de arrepentimiento. Le quité el vestido con una premura que no toleraba retrasos, rasgando el tejido con una fuerza que me sorprendió. Francesca gemía, un sonido que me devolvió a la vida, una confesión que no necesitaba traducción. Cuando su cuerpo se fundió con el mío, todo lo demás —Lucas, Bianca, mi deber, el rango— desapareció.

Nos movimos en la penumbra del despacho, una danza de posesión que no dejaba lugar a dudas. La sentía bajo mis manos, más plena, más suave, marcada por la vida que llevábamos juntos. En el clímax, mientras el placer nos consumía en una explosión que nos dejó sin aliento, bajé mi rostro hasta su vientre.

—Estás aquí —susurré, mis labios rozando su piel caliente—. Estás aquí, pequeño. Tu padre te ha estado esperando.

Cuando el silencio regresó, la envolví en mis brazos, manteniéndola apretada contra mí, como si temiera que pudiera desaparecer otra vez. Ella lloraba, un llanto silencioso que empapaba mi hombro.

—Es tuyo —susurró, rompiendo finalmente la barrera—. Siempre ha sido tuyo. Me fui para que no tuvieras que elegir, pero nunca pude borrarte.

Sentí una paz inmensa al escucharla, seguida de una determinación de acero.

—No voy a dejarte —le dije, besando su frente—. No voy a dejar a mi mujer, y no voy a dejar a mi hijo. Olvida a Lucas. Olvida la base. Esta vez, voy a terminar lo que empezamos.

Ella se separó un poco, su expresión volviéndose sombría al mencionar a su "esposo". Me miró con una duda que me estremeció el alma.

—No sabes lo que dices —dijo ella, secándose las lágrimas—. Lucas no es solo un Capitán, Alessandro. Él sabe quién soy. Él sabe de Bianchi. Él ha estado protegiéndome de una forma que ni siquiera tú puedes entender.

Sentí una punzada de celos que me quemó la garganta.

—¿Protegerte? —dije con desprecio—. ¿Quién es realmente este hombre, Francesca?

Ella me miró con una profundidad que me dejó helado. El silencio se prolongó, cargado de una revelación que me hizo soltarla lentamente.

—Alessandro —dijo, su voz cargada de un miedo que nunca le había visto—, no te metas con Lucas. No tienes idea de quién es en realidad. ¿Quieres saber quién es él?

Me quedé helado al ver la expresión en su rostro. La puerta del despacho se sintió como una barrera demasiado fina entre nosotros y la realidad que ella estaba a punto de desvelar.

—Dímelo —exigí, con el corazón en la garganta—. ¿Quién es Lucas?

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