Capítulo 25: El eco del pasado

 

Narrado por Francesca

La luz de la mañana, filtrada a través de las persianas del apartamento, caía en tiras blancas sobre las sábanas revueltas. Me encontraba sentada sobre las piernas de Alessandro, envolviendo su torso con la única prenda que había quedado a mano: una de sus camisas de seda, que me quedaba inmensamente grande y dejaba mis hombros expuestos. Era una sensación extraña, estar así, suspendida entre el soldado que debía ser y la mujer que me permitía ser dentro de estos muros.

Alessandro me rodeaba con los brazos, sus manos reposando en mi cintura con una familiaridad que ya se había vuelto mi segundo lenguaje. La paz parecía reinar en aquel refugio de cristal, al menos por unos minutos. Entonces, un destello de papel arrugado sobre la mesita de noche atrapó mi atención. La carta. Había olvidado que la había guardado allí al llegar, una misiva que llegó a la base pocos días antes y que, en medio de nuestra vorágine, apenas había tenido tiempo de abrir.

Me deslicé de su regazo, buscando el sobre. Alessandro, con una chispa juguetona y posesiva que me descolocó, me dio un azote firme en la nalga antes de tirar de mí hacia él, atrapándome de nuevo en su abrazo, esta vez con una firmeza que no admitía que me alejara más de lo necesario.

—¿Qué es eso? —preguntó, con la voz todavía ronca por el sueño, mientras enterraba su rostro en mi cuello—. Si es más trabajo del Coronel, juro que lo lanzaré por la ventana.

—Es una carta de mi hermano —respondí, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba al ver la caligrafía conocida. Me deshice de su agarre lo suficiente para desdoblar el papel amarillento.

Alessandro se quedó quieto, sintiendo la tensión que irradié al leer las primeras líneas. Mis ojos recorrieron las palabras de Francesco, cada frase era un puñal que atravesaba la burbuja de nuestra libertad. "Te siguen buscando, Francesca. La familia Vitali no ha dejado de preguntar en cada estación, en cada taller. Saben que no te fuiste sola. Y Pietro Bianchi... ese hombre no olvida. Ha movido sus contactos en el gobierno. Oficialmente, estás comprometida, no solo con él, sino que han sellado un acuerdo legal con el mando militar regional para encontrarte y 'devolverte' a tu deber matrimonial".

Mis manos empezaron a temblar. El papel se agitó entre mis dedos.

—¿Qué dice? —Alessandro se incorporó, su rostro perdiendo el rastro de la relajación para adoptar la máscara de un soldado en alerta máxima—. Francesca, mírame. ¿Qué ha pasado?

Le entregué la carta. Sus ojos grises se movieron rápidamente, devorando el texto. A medida que leía, vi cómo la mandíbula se le tensaba, marcando cada músculo de su rostro. Pero cuando llegó al párrafo final, el silencio que se instaló en la habitación fue absoluto, denso y cargado de una toxicidad innegable.

"El compromiso ha sido ratificado por una figura de alto rango en la capital —leía la carta—, alguien que garantiza que el ejército colaborará en tu localización. Se trata del Capitán Moretti. Él está liderando la búsqueda personalmente bajo la orden directa de Bianchi".

El nombre cayó como una bomba. Moretti. El Coronel Moretti, su superior inmediato, el hombre que nos supervisaba en la base, el hombre al que Alessandro le debía obediencia y lealtad.

Alessandro dejó caer la carta sobre la cama. Sus manos se cerraron en puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos. Un siseo escapó de entre sus dientes, una mezcla de rabia y desesperación.

—Moretti... —gruñó, su voz sonando como el choque de dos piezas de acero—. Ese maldito. Él no está buscando a una recluta huida. Él está haciendo un favor personal a un poderoso para ascender posiciones. Está usando sus recursos militares para rastrear a una mujer que, según ellos, les pertenece.

Me sentí caer en un abismo. Mi compromiso con el Capitán Moretti, el hombre que nos observa en las reuniones, el hombre que Alessandro respeta. Era una pesadilla circular. Yo era la prometida oficial del hombre que tenía la vida de Alessandro en sus manos.

—Si ellos saben lo de la firma... si llegan a descubrir que Vitali es Francesca Vitali —empecé a decir, pero el miedo me cortó la voz.

Alessandro se levantó de la cama, caminando hacia la ventana con la desnudez de un guerrero sin escudo. Se pasó las manos por el cabello, frustrado, su mente trabajando a una velocidad frenética.

—No te encontrarán —dijo él, volviéndose hacia mí con una mirada de fuego—. No mientras yo esté aquí. No dejaré que Moretti te toque. No dejaré que ese contrato de papel se convierta en tu sentencia.

Me acerqué a él, sintiendo el frío del suelo pero el calor de su presencia. La carta de mi hermano era la prueba de que el mundo exterior no solo nos estaba observando, sino que estaba cerrando el cerco. El hecho de que fuera el mismo Moretti quien liderara la búsqueda significaba que, en cualquier momento, el velo caería. Y cuando cayera, Alessandro tendría que elegir entre ser el oficial leal o el hombre que me amaba.

—Alessandro —dije, apoyando la mano en su pecho, donde el corazón le latía con una violencia desmedida—, si Moretti sabe la verdad... si tú me proteges, estarás traicionando tu rango. Estarás confirmando que has estado ocultando a una desertora, a una mujer... a la mujer que...

—A la mujer que amo —me interrumpió él, atrapando mi mano y besándola con una devoción que me hizo llorar—. No me importa el rango. No me importa el uniforme. Lo que me importa es que ellos te ven como una propiedad, como un activo comercial para sus negocios de acero. Y yo... yo no voy a permitir que te conviertas en un contrato de matrimonio para un hombre como Moretti.

Me atrajo hacia él, rodeándome con sus brazos, ocultándome de la luz del sol que empezaba a entrar por la ventana. Pero el abrazo ya no era un refugio; era una barricada. Sabíamos que, allá afuera, la cacería había comenzado oficialmente.

La tensión era palpable en cada uno de sus movimientos. Alessandro, el hombre que se mantenía frío bajo presión, ahora estaba al borde del abismo. Me tomó por la barbilla y me obligó a mirarlo.

—Esta noche vamos a planear cómo sacarte de aquí —dijo con una firmeza que no conocía—. Si Moretti está usando sus recursos, nosotros usaremos los nuestros. Nadie va a devolverte a Bianchi, y nadie te obligará a cumplir ese compromiso de m****a.

—¿Y tú? —le pregunté, sintiendo que la culpa me quemaba la garganta—. ¿Qué pasará contigo cuando se den cuenta de que tú sabías quién era yo?

Alessandro sonrió, una sonrisa fría, cargada de una determinación que me dio miedo. Me guio de vuelta a la cama, tirando de mí hacia él con una urgencia que no dejaba lugar a preguntas.

—Cuando se den cuenta de que sabía quién eras, ya será demasiado tarde para ellos —respondió, y en su mirada vi al hombre que había sobrevivido a la montaña, al hombre que estaba dispuesto a incendiar el cielo antes de entregarme.

Me obligó a acostarme bajo él, cubriéndome con su peso, su calor siendo lo único que me impedía desmoronarme. Sus labios buscaron los míos en un beso que sabía a despedida y a guerra. No hubo más palabras sobre la carta. Solo hubo el presente, la fricción de nuestras pieles y la necesidad absoluta de poseernos antes de que el mundo viniera a reclamar su parte.

Nos movimos con la furia de quienes saben que cada segundo es un préstamo que se agota. Él me reclamó con una intensidad que casi me dolía, cada embestida siendo una declaración de guerra contra Moretti, contra mi padre, contra Bianchi y contra el destino que nos quería separados. Me aferré a él, mis uñas marcando su espalda, buscando refugio en la única parte de él que todavía me pertenecía sin condiciones.

La carta seguía allí, sobre la sábana, un recordatorio de la mentira que vivíamos. Pero mientras él me poseía, mientras me demostraba que era suya en cada rincón, en cada jadeo, en cada movimiento salvaje, la amenaza del Capitán Moretti parecía disolverse en el placer. Estábamos condenados, eso estaba claro. Pero en ese momento, bajo el sol de la mañana y con la sombra del compromiso pendiendo sobre nosotros, Alessandro me demostró que prefería morir siendo mi amante en la sombra que vivir cumpliendo el deber de un oficial que ya no creía en nada.

La habitación era nuestra fortaleza de cristal, y aunque sabíamos que algún día el cristal se rompería, ese fin de semana nos perteneció. Nos amamos con la desesperación de los proscritos, olvidando que, a kilómetros de allí, la maquinaria militar se estaba moviendo para destruirnos. Y cuando el cansancio finalmente nos venció, quedamos allí, entrelazados, sabiendo que al despertar, el Capitán Moretti seguiría siendo nuestro mayor enemigo, pero yo seguiría siendo la mujer que Alessandro Rossi estaba dispuesto a perderlo todo por proteger.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP