Capítulo 24: El refugio de cristal

 

Narrado por Alessandro

La ciudad se extendía bajo el cielo nocturno como un circuito de luces eléctricas, un laberinto de cables y energía que contrastaba con el silencio opresivo de la base militar. El apartamento estaba situado en el vigésimo piso de un edificio moderno, un lugar donde el ruido del tráfico se convertía en un susurro apenas perceptible, un murmullo distante que recordaba que, allá fuera, existía un mundo que dictaba normas, horarios y expectativas. Pero aquí, dentro de este espacio de paredes blancas y ventanales que desafiaban el horizonte, nada de eso existía.

Francesca estaba de pie en el centro del salón, con el uniforme de recluta todavía puesto, su postura rígida, como si estuviera esperando un ataque que no terminaba de llegar. Miraba los muebles minimalistas, las sombras proyectadas por la iluminación indirecta, con una desconfianza que le hacía tensar los músculos del cuello.

—Esto es una locura, Alessandro —dijo, su voz rebotando contra las paredes recién pintadas—. Si nos encuentran, si alguien nos ve entrar... esto es el fin de todo. De tu carrera, de tu vida, de la mía.

Me acerqué a ella, cerrando la puerta tras de mí y girando la llave. El sonido del metal al encajar en la cerradura fue el sello definitivo. Estábamos aislados del mundo, encerrados en nuestra propia burbuja de peligro y deseo. La miré y, por primera vez en semanas, no vi al recluta Vitali. Vi a la mujer que, en la selva, había tenido el coraje de mirar el abismo y reírse.

—El fin de todo sería seguir viviendo como si no estuviéramos muriendo por dentro —respondí, caminando hacia ella con una lentitud que sabía que la desarmaba.

Francesca dio un paso atrás, pero se encontró con la pared. Su respiración se aceleró. Intentó mantener su máscara de indiferencia, pero sus ojos la traicionaban, escaneando cada centímetro de mi rostro, buscando la sombra de la duda que, en realidad, ya no existía en mí.

—No deberíamos estar aquí —insistió, aunque sus dedos empezaron a juguetear nerviosamente con el borde de su chaqueta militar—. Tengo entrenamiento mañana. No tengo ropa, no tengo nada...

La interrumpí antes de que terminara. La alcé en vilo, sintiendo cómo se tensaba por un segundo antes de que sus brazos se entrelazaran instintivamente alrededor de mi cuello. El peso de su cuerpo contra el mío era la única realidad que me importaba. La llevé hacia el dormitorio, donde las cortinas estaban corridas, dejando que la luz de la ciudad bañara la estancia con un brillo azulado y fantasmagórico.

La deposité sobre la cama, sintiendo cómo sus piernas se aflojaban, cediendo al impulso de lo que sabía que vendría. Comenzó mi ritual de despojo. Empecé por el cinturón, tirando de él con la suavidad que contrastaba con la intensidad de mis intenciones. Cada botón de su uniforme, cada pieza de tela que caía al suelo, era una barrera menos entre la verdad y la farsa.

—¿Ropa? —le pregunté, mientras mis manos recorrían su cintura, descubriendo la piel que siempre estaba escondida bajo las capas del reglamento—. No la necesitas. Esta noche, y este fin de semana, no vas a necesitar nada más que lo que yo pueda darte, y lo que tú me devuelvas.

Ella dejó escapar un suspiro entrecortado cuando mis labios encontraron el nacimiento de su cuello. Sus dedos se enredaron en mi cabello, tirando de él con esa mezcla de agresividad y necesidad que solo nuestra relación despertaba.

—Alessandro... —susurró, su voz convirtiéndose en un gemido que me quemó la sangre—. Vas a quemar tu vida entera por este fin de semana.

—Que arda —respondí, liberándola por fin del vendaje que la constreñía, revelando la desnudez de su piel, la suavidad de su cuerpo que tanto había ansiado durante las largas horas de guardia—. Si el precio de ser libre por cuarenta y ocho horas es perder todo lo que construí en años de mentiras, lo pago con gusto.

La desnudé por completo, observando cada centímetro de su anatomía con una devoción que rozaba la adoración. Francesca, la mujer que desafiaba a los hombres, la soldado que volaba aviones, estaba ahora frente a mí, despojada de insignias, de rangos y de ocultamientos. Era pura. Era real. Era mía.

Sus manos bajaron a mi propia ropa, arrancando los botones con una urgencia que no le conocía. Cuando ambos quedamos desnudos, el aire frío de la habitación se sintió como una caricia en nuestra piel sudorosa. La empujé suavemente hacia atrás, dejándola hundirse entre las sábanas blancas, y me incliné sobre ella, cubriendo su cuerpo con el mío, asegurándome de que supiera que no había espacio para nadie más en esta habitación.

—Este fin de semana no existe la base —le susurré al oído, mientras mis manos comenzaban un recorrido lento, casi tortuoso, por sus muslos—. No existe la esposa, no existe el bebé, no existe el Coronel. Solo existe esta habitación, tú, yo, y todo lo que nos hemos negado durante este mes de pesadilla.

Francesca arqueó el cuerpo cuando mis labios encontraron sus pechos, succionando con la fuerza de un hombre que ha estado sediento durante siglos. Sus gemidos, ahora abiertos, sin la necesidad de ocultarse de los compañeros de barraca, llenaron el espacio con una musicalidad que me hizo perder el sentido de la realidad. Se movía bajo mi tacto, buscando el placer, buscando la calma que solo encontrábamos cuando el mundo se olvidaba de que existíamos.

—¿Estás segura? —le pregunté, separándome apenas unos centímetros para mirarla a los ojos—. ¿Segura de que quieres que este sea el punto de no retorno?

Ella me agarró de la nuca y me atrajo hacia ella, besándome con una desesperación que no necesitaba palabras. No era solo el deseo de la carne; era la necesidad de una mujer que, por fin, encontraba a alguien que le permitía ser vulnerable sin ser derrotada.

Nuestra unión fue un acto de rebelión. Nos movimos con una intensidad que rozaba la violencia, buscando borrar todas las marcas que la vida cotidiana nos había dejado. Yo la poseía, buscando en ella la confirmación de que este sacrificio tenía un sentido, mientras ella me reclamaba, reclamando cada centímetro de mi atención, cada parte de mi alma que yo todavía intentaba proteger.

Nos movimos durante horas, perdiendo la cuenta de cuánto tiempo pasaba. El placer no era un destino, sino un estado de trance. La exploré como si fuera el primer mapa de un mundo nuevo, descubriendo nuevos puntos de sensibilidad, nuevas formas de hacerla gemir, nuevas maneras de demostrarle que, fuera de la base, el Capitán Rossi no existía. Solo existía el hombre que la amaba hasta la locura.

Cuando el clímax nos alcanzó, no fue una explosión, sino una implosión. Sentí cómo Francesca se fundía conmigo, sus uñas marcando mis hombros mientras gritaba mi nombre hacia el vacío de la habitación. Fue un momento de entrega absoluta, una unión que superó cualquier barrera física.

Después, el silencio. El silencio de una ciudad que dormía ajena a nuestra tragedia.

Nos quedamos entrelazados, cubiertos por el sudor y el aroma de nuestra entrega. Francesca apoyó la cabeza en mi pecho, su respiración empezando a normalizarse, su corazón latiendo contra el mío con una cadencia que, por primera vez, me pareció estar en paz.

—Mañana saldrá el sol —dijo ella, con una voz extrañamente suave—. Y tendremos que volver a ponernos las máscaras.

—Mañana está muy lejos —respondí, acariciando su espalda con una lentitud infinita—. Por ahora, aquí, no hay máscaras. No hay rangos. Solo hay dos personas que se han encontrado en medio del incendio. Y si tengo que volver a esa farsa, lo haré. Pero llevaré conmigo el recuerdo de esta piel. Y cada vez que te mire en el hangar, cada vez que tenga que darte una orden profesional, sabré que, en realidad, esto es nuestro.

Ella sonrió, una sonrisa pequeña, verdadera, que iluminó su rostro en la oscuridad. Se giró hacia mí, acurrucándose contra mi costado, buscando mi calor.

—Eres un loco, Alessandro —murmuró, cerrando los ojos—. Pero creo que es el tipo de locura que me gusta.

Me quedé allí, velando su sueño, sintiendo el peso de su cuerpo sobre el mío, sabiendo que el fin estaba cerca. Sabía que las autoridades de la base, Bianca, la vida misma, nos buscarían. Pero por esa noche, y por este fin de semana que teníamos por delante, éramos dueños de un reino construido sobre cimientos de cristal. Y mientras el mundo se movía hacia adelante sin nosotros, yo me preparé para disfrutar cada segundo de nuestra caída libre, sabiendo que, cuando finalmente tocáramos el suelo, al menos habríamos vivido con la intensidad de mil vidas, unidos por la verdad de un secreto que, tarde o temprano, nos terminaría consumiendo a todos.

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