Capítulo 15: El eco del rescate

Narrado por Alessandro

La luz del sol se filtraba con una agresividad metálica a través de las ramas. Ya no era la luz suave del amanecer, sino el resplandor firme de una mañana que reclamaba su derecho a la realidad. Francesca dormía profundamente, con el rostro hundido en mi pecho; su respiración, pausada y rítmica, era el único sonido que me anclaba al presente antes de que el mundo exterior irrumpiera con todo su peso.

Me sentí como un hombre que despierta tras una borrachera de meses para descubrir que el edificio donde habita está en llamas.

Miré mis manos, aún marcadas por la suciedad de la tierra y la suavidad de su piel. Mis dedos se enredaron en su cabello corto, ese pequeño sacrificio que ella había hecho para poder infiltrarse en el mundo de los hombres, y una oleada de protección visceral me sacudió las entrañas. Ya no era solo una cuestión de deseo o de una pasión febril nacida de un accidente. Ahora era una responsabilidad. La responsabilidad de su vida, de su carrera, de su propia existencia en una Italia que la aplastaría sin dudar si descubría quién era realmente.

De pronto, un sonido rompió el silencio de la selva. Un zumbido, lejano al principio, pero que fue ganando cuerpo hasta volverse inconfundible. El batir de palas de un helicóptero de rescate.

Mis músculos se tensaron instintivamente. Era el sonido del fin. El fin de nuestra isla, el fin de nuestro lenguaje secreto y el inicio de la actuación más difícil de nuestras vidas.

Me moví con cuidado, separándome de ella con la lentitud necesaria para no despertarla de golpe. Francesca reaccionó al instante, con ese instinto felino que la había salvado tantas veces. Sus ojos se abrieron, no con la confusión de alguien que acaba de despertar, sino con la lucidez gélida de un piloto de combate que detecta una amenaza en el radar.

—Nos encontraron —susurró. No era una pregunta. Era una constatación.

Me puse en pie, recuperando mi uniforme. La tela se sentía rígida, ajena, como una armadura que ya no me protegía de nada. Miré a Francesca, que se sentaba sobre el lecho de helechos, tratando de recomponer su imagen. En ese momento, no vi a la mujer que me había hecho perder la cordura en un 69 bajo la luz de las estrellas; vi al recluta Vitali. La transformación fue automática, una armadura psicológica que ella se puso para sobrevivir.

—Vitali —dije, usando mi voz de capitán, aunque el sonido de la palabra me resultó casi físico, una traición a todo lo que habíamos hablado apenas unas horas atrás—. Escúchame. Cuando salgamos de aquí, el protocolo es claro. Hablaremos lo mínimo. Mantendremos la versión del accidente. Yo no recuerdo nada posterior al impacto. Tú tampoco.

Ella me miró con una intensidad que traspasaba mis instrucciones.

—¿Eso es lo que vas a decir? —preguntó, y noté un atisbo de miedo en su voz—. ¿Que no recuerdas nada?

—Es la única forma de protegerte —sentencié, acercándome a ella y tomándola por los hombros. Mis manos, que horas antes la acariciaban, ahora se sentían como un sello de silencio—. Si admitimos la verdad, el Coronel Moretti te destruirá. Y yo... yo no podré hacer nada desde una celda militar. Mi amnesia es tu salvoconducto.

Francesca asintió, lentamente. Había una tristeza profunda en su mirada, la comprensión de que estábamos a punto de perdernos en el ruido de la vida real. Le alcancé su camisa, el resto de su uniforme, y la ayudé a vestirse. Cada botón que abrochaba, cada ajuste de su cinturón militar, era un clavo en el ataúd de nuestra libertad. Cuando terminó, ya no estaba Francesca. Estaba Francesco Vitali, el recluta silencioso y capaz que todos conocían en la base.

El estruendo del helicóptero era ya ensordecedor. El aire que desplazaban las aspas azotaba el follaje de nuestro refugio, arrancando hojas y ramas. El equipo de rescate estaba a pocos metros.

Salimos a campo abierto. La luz del sol nos golpeó con una fuerza cegadora, obligándonos a cerrar los ojos. Allí, entre los árboles, varios soldados con camillas y equipo médico se abrieron paso hacia nosotros. Reconocí al Teniente Valenti al frente. Sus ojos se iluminaron de alivio al vernos.

—¡Capitán Rossi! ¡Vitali! —gritó, corriendo hacia nosotros—. ¡Gracias a Dios! Han sido días de búsqueda incansable. Estábamos a punto de darles por muertos.

Me puse en pie, con la rigidez de un hombre de hierro. Francesca —Francesco— se mantuvo a un paso detrás de mí, bajando la cabeza de forma obediente, tal como dictaba el manual militar.

—Tuvimos un aterrizaje forzoso —dije, con voz clara y desprovista de emoción—. Las condiciones meteorológicas nos cegaron. El motor falló y... no recuerdo mucho más. Solo que despertamos en el bosque, heridos y sin suministros.

Valenti asintió, anotando mentalmente cada palabra. Miró a Vitali con una mezcla de respeto y lástima por el estado lastimoso en el que nos encontrábamos.

—Vamos a sacarlos de aquí, mi Capitán. El helicóptero está a quinientos metros.

Mientras los soldados nos ayudaban a caminar —el tobillo de Francesca seguía doliendo, una realidad física que nos recordaba el dolor del accidente—, nuestras manos se rozaron apenas por un segundo. Fue un contacto eléctrico, breve, un mensaje codificado que gritaba todo lo que no podíamos decir.

Subimos al helicóptero bajo el estrépito de las hélices. El ascenso fue rápido. Miré hacia abajo, viendo cómo el refugio de ramas se empequeñecía hasta volverse una mancha insignificante en la inmensidad verde. Allí abajo se quedaba nuestra verdad, el único lugar en la tierra donde habíamos sido nosotros mismos sin pedir disculpas.

Francesca se sentó en el banco metálico, mirando por la ventanilla hacia el cielo que tanto ansiaba conquistar. Tenía los labios apretados, la mandíbula tensa. Sabía, tanto como yo, que al aterrizar en la base de Turín, el juego cambiaría drásticamente. Las preguntas comenzarían. Los interrogatorios médicos, los informes de misión, la mirada inquisidora de mis superiores y, más importante aún, la presencia de Bianca en mi casa.

Me incliné hacia ella, fingiendo que comprobaba su estado médico, y le hablé en un susurro que se perdía en el ruido del rotor.

—No te sueltes de la realidad, Vitali. Esto es solo una misión más.

Ella me miró, y por un instante, pude ver a la mujer destrozada por el deber, pero también a la mujer que guardaba un secreto capaz de quemar toda la base aérea.

—Es una misión muy larga, Capitán —respondió ella, usando ese tono frío y militar que me dolía más que cualquier bala.

El vuelo de regreso se sintió como una eternidad. Cada segundo me alejaba más de la paz de la selva y me acercaba más a la jaula de cristal que llamaba "vida perfecta". Al divisar la pista de aterrizaje de Turín, vi los hangares, los aviones, la estructura de poder que me había dado todo y que, al mismo tiempo, me había vaciado por dentro.

El helicóptero comenzó el descenso. El suelo, el asfalto gris y las luces de señalización nos dieron la bienvenida con su frialdad característica. Cuando las puertas se abrieron, la realidad nos golpeó en la cara: los médicos, los altos mandos, el caos controlado de una base aérea.

Al bajar, sentí el peso de todas las miradas sobre mí. Pero mi atención estaba fija en una sola persona: en la silueta pequeña y tensa que bajaba justo detrás de mí. Cuando sus pies tocaron tierra firme, el recluta Vitali desapareció entre la multitud de médicos y oficiales. Fue separada de mí casi al instante, llevada a la enfermería para evaluar sus lesiones.

—¡Capitán Rossi! —escuché la voz del Coronel Moretti, severa y autoritaria—. ¡Informe a mi despacho en cuanto reciba el alta médica!

—Sí, mi Coronel —respondí, cuadrándome por instinto.

Caminé hacia el edificio de mando, sintiendo que mi cuerpo me traicionaba. Estaba cansado, sí, pero no era el cansancio del cuerpo. Era el cansancio del alma. Al pasar frente a la ventana de la enfermería, alcancé a ver un reflejo: una figura que caminaba con paso decidido, casi desafiante, a pesar del dolor en el pie. Francesca no se rendiría. Yo tampoco lo haría.

Entré en el despacho del Coronel, donde el aire estaba cargado de olor a tabaco y café frío. Sobre el escritorio, un mapa de la zona de búsqueda parecía burlarse de mí. La guerra estaba empezando, una guerra que no se libraría con aviones ni con ametralladoras, sino con silencios, con miradas robadas en los pasillos y con la certeza absoluta de que, aunque nos separaran mil veces, volveríamos a encontrarnos en la penumbra.

El Coronel me miró, esperando mi informe. Me preparé para mentir, para construir la narrativa que salvaría a la mujer que amaba. Pero mientras abría la boca para hablar, el recuerdo de su risa en la selva, la calidez de su piel en la madrugada y el peso de su cuerpo sobre el mío me golpearon con una fuerza inusitada.

—Coronel —comencé, con voz firme—, el accidente fue, de hecho, mucho más complejo de lo que los radares detectaron. Hay cosas... hay verdades que necesitan ser tratadas con la máxima discreción.

El Coronel entrecerró los ojos, sospechando quizás la tormenta que acababa de desatarse en el hangar 4. Pero yo no tenía miedo. Por primera vez en mi carrera, el Capitán Rossi no estaba volando para cumplir una orden; estaba volando para proteger lo único que le daba sentido a su existencia. Y si eso significaba caer en picada junto con mi reputación, que así fuera. La caída, al menos, sería en compañía de ella.

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