Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Alessandro
El Coronel Moretti me observaba, esperando que continuara. El aire en su despacho se había vuelto insoportable; el humo de su puro se enroscaba en el techo como una serpiente, esperando mi próximo movimiento. Tenía la verdad en la punta de la lengua, el nombre de Francesca Vitali palpitando en mi garganta, y la certeza de que, una vez soltado, no habría vuelta atrás para ninguno de los dos.
—Coronel, lo que sucedió en ese sector montañoso no puede explicarse solo con telemetría —comencé, forzando mi voz para que sonara autoritaria—. La mujer que... es decir, el recluta Vitali y yo...
En ese preciso instante, un golpe seco interrumpió la tensión. La puerta se abrió sin esperar respuesta. Un oficial de comunicaciones, con el rostro desencajado por la urgencia, entró de golpe.
—¡Capitán Rossi! Perdóneme, Coronel, pero hay una situación en la entrada principal. Es... es su esposa, mi Coronel. Insiste en verlo.
Moretti soltó un gruñido, arrojando su puro al cenicero. Me lanzó una mirada irritada, como si la presencia de Bianca fuera una falla técnica en mi comportamiento.
—Vaya, Rossi. Resuelva sus asuntos familiares. Terminaremos este informe mañana.
Salí del despacho con las manos hechas puños. Mi cabeza era un torbellino. ¿Cómo se suponía que debía mirar a Bianca después de haber descubierto lo que significaba la entrega absoluta? ¿Cómo debía presentarme ante ella, con la piel aún cargada de la esencia de Francesca, con la memoria de sus manos y su risa tatuada en cada uno de mis nervios?
Al salir al patio de armas, la vi. Bianca estaba allí, de pie frente a mis hombres, luciendo impecable, su vestido de seda azul destacando contra el gris industrial de la base aérea. Cuando sus ojos se posaron en mí, una luz de euforia, ajena a todo lo que yo estaba viviendo, iluminó su rostro. Corrió hacia mí —una escena digna de una película de propaganda— y me rodeó el cuello con los brazos, ocultando mi rostro contra su pecho.
El beso que me dio fue largo, posesivo, una reclamación pública de propiedad frente a los soldados que observaban la escena con una mezcla de envidia y discreción. Me sentí como un impostor, un actor en una farsa que se volvía cada vez más insoportable.
—¡Alessandro! —exclamó ella, separándose apenas lo suficiente para que sus ojos brillantes se clavaran en los míos—. ¡No podía esperar más! Las noticias del rescate... estaba fuera de mí. Y ahora... ahora tengo algo que decirte, algo que cambiará todo.
Me tomó de la mano y la llevó, con una fuerza que me resultó ajena, hasta su vientre.
—Estoy embarazada, Alessandro. Vamos a ser padres.
El mundo se detuvo. El zumbido de los motores, el grito de las gaviotas sobre el hangar, el sonido metálico de las botas de los soldados sobre el hormigón... todo se silenció. Sentí una náusea helada que me subió desde el estómago. Un hijo. Un hijo con la mujer con la que compartía una vida vacía, un hijo que se convertiría en el ancla definitiva que me mantendría atado a esta mentira para siempre.
Miré a Bianca, forzando una sonrisa que debió parecer una máscara de cera.
—Es... es una sorpresa, Bianca —logré decir, mi voz sonando extrañamente hueca, como si viniera de otro hombre—. Estoy... estoy abrumado.
En ese momento, mis ojos buscaron, casi sin querer, el perímetro del patio de armas. Y la vi.
A unos veinte metros de distancia, cruzando el patio con una mochila al hombro y el uniforme reglamentario, caminaba Francesca. O mejor dicho, Vitali. Se detuvo al verme abrazado a Bianca, al escuchar el anuncio. Por un segundo —solo un segundo—, su paso vaciló. Pero entonces, la máscara volvió a caer.
La miré intensamente, buscando en sus ojos una traición, una chispa de dolor o una condena. Pero lo que vi fue algo que me desarmó más que su llanto: una sonrisa. No era una sonrisa de burla, sino una sonrisa fría, calculadora y terriblemente digna. Se acercó a nosotros con paso firme, ignorando el aire viciado que nos rodeaba.
—Capitán Rossi —dijo ella, haciendo un saludo militar impecable ante mí y hacia Bianca—. Mis más sinceras felicitaciones por la noticia. Que la fortuna le sonría en esta nueva etapa.
Su voz no tembló. No había rastro de la mujer que me había hecho el amor bajo las estrellas, ni de la confidente que me había contado su lucha en la madrugada. Era el recluta Vitali: disciplinado, distante y perfectamente invisible.
—Gracias, Vitali —respondí, con un hilo de voz.
Ella asintió con una cortesía mecánica, se giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia el gimnasio de la base, el lugar donde entrenábamos, el lugar donde, hace semanas, habíamos empezado a forjar nuestra guerra privada. La vi alejarse, su paso firme y su espalda recta, dirigiéndose a realizar su entrenamiento como si la noticia de un hijo en camino fuera simplemente un dato más en su reporte de actividades.
Me quedé allí, con Bianca colgada de mi brazo, sintiéndome el hombre más solo del mundo. Francesca se dirigía a levantar pesas, a esforzarse hasta que sus músculos ardieran, a seguir construyendo ese cuerpo que yo había aprendido a amar, mientras yo me quedaba prisionero de un destino que acababa de sellarse con un anuncio biológico.
—¿Alessandro? —me llamó Bianca, tirando de mi brazo—. Vamos a casa. Tenemos mucho de qué hablar.
Asentí, sintiendo cómo mis pies se movían por inercia hacia el coche, mientras mi mente permanecía en el gimnasio, imaginando a Francesca golpeando el saco de boxeo con la misma furia con la que yo quería golpear la realidad. El secreto estaba a salvo. Pero el precio de mantenerlo nunca había sido tan alto. Ahora, además de mi libertad y mi carrera, estaba en juego el futuro de una vida que yo no había pedido, y que me obligaría, más que nunca, a ser el hombre que fingía ser.
Mientras el coche arrancaba, miré una última vez por el retrovisor hacia el gimnasio. Francesca no se giró. Seguía caminando, entrando en la penumbra del recinto para empezar su entrenamiento, lista para seguir ocultándose a plena vista, cargando con la misma condena que yo, pero con una fuerza que yo, en ese momento de cobardía absoluta, ya empezaba a envidiar.







