La pregunta de Nant sobre el paradero de Yago flotó en el aire, cargada de una urgencia que Albert, a pesar de su profesionalismo, no pudo ignorar. La seriedad de la joven, su inesperada madurez, lo había impresionado. No era la típica prometida que se desmayaría ante un escándalo; era alguien que buscaba respuestas y soluciones.
—Tengo entendido que el señor Yago está en su oficina, señorita Nant —contestó Albert, su voz manteniendo la calma habitual, aunque con un matiz de preocupación genuin