El suave abrazo del sueño profundo, compartido con Yago, comenzó a disiparse para Nant a las pocas horas. No fue un despertar abrupto, sino un lento ascenso desde las profundidades del inconsciente, guiado por la tenue luz del amanecer que se filtraba por las cortinas de seda del penthouse. El aire en la suite era fresco y puro, con un ligero aroma a la intimidad de sus cuerpos. Nant parpadeó, sus ojos adaptándose a la penumbra, y lo primero que vio fue a su amado, acostado y dormido plácidamen