359. SÚBEME LA PENSIÓN
KATHERINE
Corrimos primero hasta donde Elliot había dejado parte de su ropa, necesitaba cambiarse.
—Maldit0s mosquitos —comenzó a rascarse por todos lados, su piel brillante del sudor y el agua que se escurría de su cabello.
Pero ahora también estaba lleno de arañazos de las ramas y picaduras de bichos.
Se agachó a ponerse el pantalón, así, dándome la espalda sin ningún pudor, con esas duras nalgas apuntándome.
No pude evitarlo, toda esta loca situación parecía haberme zafado un tornillo.
Me a