358. EL POBRE DUQUE FUGITIVO
BRENDA
Lo escuchaba tragando, el chapoteo de su saliva que incluso el agua no disimulaba.
Bajó una mano y comenzó a masturbarse la polla.
Estaba de espaldas a mí, pero era muy evidente todo lo que hacía.
Él no fingía, su deseo por esa mujer salía a raudales de cada poro de su cuerpo.
Era como si yo no estuviese aquí, como si no existiera.
Las lágrimas comenzaron a picar en la esquina de mis ojos.
Nunca me había sentido tan hundida; era obvio que él la había preferido a ella.
A una débil elementa