33. LA LOBA DE NANA
NARRADORA
—¡Aaaww! —Los gemidos dolorosos se fundían con los siseos de la noche.
Jadeando sobre la hierba, los huesos de Nana crujían, su cuerpo se transformaba, las uñas creciendo hasta convertirse en afiladas garras, y el pelaje marrón brotaba de cada poro.
Su mente era una amalgama de pensamientos confusos, de dolor y mareos a punto de la inconsciencia.
No supo cuánto tiempo duró, solo que cuando abrió de nuevo los ojos, veía el mundo de una manera diferente.
“Nana, soy tu loba… Me llamo Re