310. ¿QUIÉN ERES?
KATHERINE
—Sí, su señoría —el mayordomo se retiró, cerrando la puerta.
Al quedarme a solas con él, mi corazón, por algún motivo, comenzó a ponerse algo nervioso.
Más aún cuando lo vi pararse y caminar cerca de la ventana, donde había unos licores sobre la mesita de bebidas.
—¿Desea algo de tomar?
—No, no, Duque. Vengo a hablarle de nuestra hija —fui enseguida al grano.
—¿Nuestra hija? —se giró con el vaso en la mano, alzando una ceja con sarcasmo—. Aquí no hay nadie más, Rossella. No tienes que