144. ADIÓS PARA SIEMPRE, MI BELLA
NARRADORA
La ventisca sopló con fuerza en medio de las centellas y Aidan apretó su puño, quebrando en el aire los hilos entretejidos del maleficio.
Se hicieron añicos y, con ellos, el hombre que imitaba un poder que no le pertenecía.
Escondido a su lado, entre los arbustos, el otro vampiro se llevó la mano a la boca, viendo a su compinche caer en pedazos como una escultura helada.
El grito de asombro y dolor aún se reflejaba en su rostro contraído, que ahora caía en fragmentos sobre la hierba.