Andrea miraba el anillo en su dedo, incapaz de contener la suave risita que se le escapaba de los labios.
El diamante captaba la luz de la oficina y brillaba sobre su piel como si se burlara de su incapacidad para concentrarse.
Al otro lado de la mesa de conferencias, May le lanzó una mirada cargada de un leve desdén y dijo con un tono perfectamente calmado:
—Jefa, es la quinta vez hoy que te desconectas. Te lo suplico… ¿puedes concentrarte en la reunión?
Andrea levantó la cabeza y le devolvió