La mente de Steven era un caos.
Una voz femenina familiar resonaba una y otra vez en sus oídos.
Lentamente—con rigidez—giró la cabeza.
Cuando vio el rostro aterrorizado de Dana, el rojo en sus ojos empezó a desvanecerse.
Su agarre se aflojó.
El cinturón cayó de su mano y golpeó el suelo con un sonido sordo.
Solo entonces notó—
A Sandra, inmóvil en el suelo.
Cubierta de sangre.
Destrozada.
Por una fracción de segundo, algo parecido al miedo cruzó su rostro.
Se dejó caer de rodillas y comprobó su