El primer sonido que escuchó fue el de los pájaros, luego sintió una luz amplia que solo entra en una habitación cuando las ventanas son amplias y dan hacia un patio.
¿Podría ser que Adrián tuvo compasión y la devolvió a su antigua habitación? ¿Adrián teniéndole compasión? Pensó Elena con ironía aún somnolienta.
Y entonces lo recordó todo, fue como un flash, la imagen de Erika haciéndole tragar el veneno apareció.
El corazón de Elena dio un sobresalto y de inmediato, ella abrió los ojos, sentándose en la cama, asustada, con la respiración agitada y el pulso a millón.
¿Qué fue lo que pasó? ¿No se suponía que había muerto o alguien la salvó? Elena observó alrededor intentando encontrar una respuesta y fue peor.
Elena comenzó a detallar la habitación y entonces lo supo, reconoció dónde estaba, pero esto debía ser imposible.
Era su habitación.
No la habitación que le había asignado la familia DeLuca, si no la habitación en la casa en la que Elena nació y creció, en la casa de sus padres.
Elena se quedó completamente inmóvil, bajó la vista hacia sus manos, que aún temblaban, eran sus mismas manos, pero algo en ellas era diferente.
La piel se veía distinta, más tersa y sin esa palidez enfermiza que había empezado a notar en los últimos meses, Elena se levantó y se quedó de pie en el centro de la habitación.
Respiraba normalmente, sin pesadez, sin dolor, sin mareos, sin náuseas, sintiendo su cuerpo como si fuera algo que acababa de recuperar después de un tiempo muy largo sin usarlo.
Ella caminó hacia un espejo se observó sintiendo como todo dentro de ella se estremecía porque la mujer que Elena miraba en el reflejo era ella, pero no la Elena pálida, delgada, acabada, está Elena era más joven, sin rastros de enfermedad.
Y entonces, desde algún lugar de la casa, llegó una voz.
— ¡Elena! ¿Ya te despertaste? El desayuno está listo, se te va a enfriar.
Elena no respiró.
Esa voz.
Elena caminó hacia la puerta de la habitación, la abrió rápido, y corrió para bajar las escaleras de aquella casa que ella ya conocía de memoria, cada cuadro, cada tabla del suelo, cada rincón.
Al final del pasillo, en la cocina, su padre estaba de espaldas, con el periódico abierto mientras una muchacha del servicio le servía el café.
Estaba vivo.
Su padre, Raúl Valer, estaba vivo.
Elena se apoyó en el marco de la puerta con una mano aturdida, algo dentro de ella se abrió de una manera que dolió, ¿Acaso de verdad ella había muerto y ahora ambos estaban juntos en el cielo?
— ¿Elena? — Su padre se giró, con la taza en la mano, y le sonrió. — Ven, que se enfría.
Elena necesitó un segundo, solo uno, luego se limpió la cara, algunas lágrimas se le habían escapado y caminó hacia él.
— ¿Papá? — Gimoteo Elena cuando ya estaba a su lado.
Él arrugó el entrecejo cuando vio la expresión de Elena.
— Elena… ¿Qué te pasa? — Preguntó Raúl confundido, ¿Por qué su hija lloraba?
Elena solo se inclinó para darle un fuerte abrazo que duró más de lo que Raúl esperó, dejándolo aún más confundido.
¿Esto era un evento del pasado que su cerebro estaba recreando? Después de todo, dicen que cuando una persona muere, suele repasar eventos pasados de su vida y este podría ser uno de esos.
— Estás muy extraña… — Comentó Raúl. — Deben ser los nervios…
— ¿Qué? — Elena arrugó el entrecejo.
— No te preocupes por esto, ya lo hablamos antes… — Raúl se levantó y comenzó a acomodar su maletín.
Y entonces, Elena tuvo un presentimiento, tomó el periódico y miró la fecha, la miró una vez, la miró dos veces, si esto era un sueño, su cerebro le estaba jugando una broma muy sucia.
— Escogí al mejor hombre para que te cases, Elena, no tienes por qué estar nerviosa… — Siguió hablando Raúl, levando la vista hacia su hija. — Te lo juro, hoy cuando lo conozcas, te encantará.
Elena escuchó las palabras de su padre y rogó porque ese sueño se acabara para pasar al siguiente, uno más bonito, uno en el que Adrián no se asomara ni por nombre.
Ella dejó el periódico donde estaba, recordando el matrimonio, la mansión, Adrián, Justina, Erika, el cuarto de servicio, el veneno, todo eso que todavía no había ocurrido.
Todo eso que ahora mismo, existía únicamente en su memoria como algo que había sido real y Elena no sabía exactamente cuanto iba a durar este sueño, así que ella todavía estaba a tiempo.
Miró sus manos y pensó, si tuviera otra oportunidad, si está fuera otra oportunidad, si hubiera sabido todo esto como lo sabía ahora, las reglas serían distintas.
Entonces, Elena le respondió a su padre como debió responder en aquel momento.
— No… No voy a casarme, padre.
Raúl Valer miró a su hija, extrañado, confundido, aun dudando de si lo que había escuchado era lo correcto.
— ¿Perdón? — Raúl elevó una ceja.
— Que no… — Insistió Elena una vez más. — No voy a casarme con ese hombre.
— Elena… — Comenzó Raúl, Pero Elena no lo dejó continuar.
— Padre, escúchame tú a mí… — Elena se levantó y caminó hacía él, para mirarlo directamente. — Adrián DeLuca no es lo que parece, no es el hombre que tú crees que es.
— ¿Y cómo podrías saber tú cómo es, si todavía no lo conoces? — Preguntó Raúl escéptico.
— Porque lo conozco… — Soltó Elena sin pensar en lo que decía. — Lo sé, confía en mí, padre.
— Elena, hoy es la primera vez que vas a verlo… — Raúl frunció el ceño. — Esta noche, en la cena con su familia. ¿Cómo puedes decirme que lo conoces?
Elena abrió la boca, la cerró, Raúl tenía razón, ella venía del futuro, de alguna forma loca y extraña, así que se suponía que no debía conocer a Adrián todavía.
Desde la perspectiva de su padre, desde la perspectiva de cualquier persona, lo que ella estaba diciendo no tenía ningún sentido.
Pero si esto era un sueño, si esto era algún tipo de ilusión, entonces no tenía nada que perder siendo honesta.
— Escúchame papá… — Elena miro a su padre a los ojos. — Lo sé, porque yo ya viví esto, ya lo viví todo… Me casé con Adrián, viví años en su casa, con su familia, siendo ignorada, humillada, relegada a un cuarto de servicio mientras él paseaba a su amante por nuestra propia casa.
Elena sentía como la voz se le quebraba mientras le contaba la historia a su padre, y al mismo tiempo, Raúl abría los ojos de par en par, perplejo.
— Me enfermé, un cáncer, padre y creo que es lo mismo que mató a mamá, y ellos lo sabían, pero no hicieron nada, dejaron que me deteriorara sola… Y al final, la amante de mi esposo me envenenó en ese cuarto pequeño y morí sola, sin que nadie se diera cuenta ni le importara… Luego desperté, aquí, en el pasado, contigo, sé que suena irreal, pero tengo la teoría de que… Creo que esto es un sueño… — Concluyó Elena, con su respiración ligeramente agitada.
El silencio que se hizo en la cocina fue absoluto, Raúl la miraba con una expresión entre la confusión y preocupación.
— Elena… — Comenzó Raúl, con una voz suave.
— Sé lo que estás pensando… — Lo volvió a interrumpir Elena. — Que estoy delirando… Que me asusté… O que me volví loca…
— No, no, cariño… — Raúl acaricio la cabeza de Elena con suavidad. — Estaba pensando que quizás debería llevarte con un médico esta mañana, posiblemente te hayas golpeado la cabeza durmiendo.
— ¡No, papá! — Se quejó Elena, ¿Qué podía hacer para convencer a su padre?
— Mi amor… — Raúl intentó todo lo posible sonar comprensivo. — Lo que me estás describiendo es imposible… Volver de la muerte y regresar al pasado, eso no existe… Lo soñaste, eso es todo y fue tan realista que crees que fue real…
— Lo sé, suena imposible… Pero no lo es, es la verdad, te lo juro… Y si estoy aquí es porque ya debo estar muerta…
— ¿Qué? — Raúl se tensó, aún más confundido.
— Tú falleciste en un accidente poco después de mi matrimonio, padre… — Contó Elena, sintiendo el nudo en su garganta con solo recordar ese momento. — Así que la única forma de que esto sea posible es que esto sea un sueño, una revelación justo antes de mi muerte o que ahora estemos ambos en el cielo, en nuestro propio cielo… — Raúl se quedó un momento en silencio, tenso. — ¿Ahora me crees? — Agregó Elena, pensando que ahora sí lo había convencido.
— Elena… Lo que creo es que estás asustada… — Soltó Raúl con toda la delicadeza que pudo. — Creo… que algo te perturbó… Pero lo que me describes, Elena, no es posible y no voy a tomar una decisión tan importante, como cancelar tu matrimonio, basándome en una historia que…
— ¡Que no es una historia! — Intentó interrumpir Elena una vez más, Pero Raúl no la dejó.
— ¡…Que ningún médico ni ninguna persona razonable podría validar! — Raúl elevó ligeramente el tono con autoridad. — Elena, llevo meses trabajando en este acuerdo, he investigado a los DeLuca a fondo, he revisado sus finanzas, su reputación, su historial… Adrián es un hombre joven con algunos errores a sus espaldas, como cualquiera, pero es serio, es responsable, y tiene los recursos para…
— ¿Para qué? Para ignorarme, para humillarme, para…
— ¡Para cuidarte! — La voz de Raúl subió un tono más. — Para cuidarte cuando yo no pueda hacerlo… Cada día estoy más viejo, Elena, la empresa necesita alguien que la sostenga, alguien que esté ahí cuando yo no esté y tú, necesitas a alguien a tu lado, alguien que te proteja… Yo solo quiero que no te quedes sola.
Elena lo miró, sintiendo todo el peso de lo que él acababa de decir, era el miedo de un hombre que amaba a su hija y que no tenía manera de saber que el camino que había elegido para protegerla era exactamente el que la iba a destruir.
— Padre… — Respondió Elena, con los ojos cristalizados. — El hombre que escogiste no me va a proteger.
— No aceptaré manipulaciones, Elena, ¡Tú no eres así! — Raúl recuperó su tono firme. — Ya hice un acuerdo con la familia DeLuca y no voy a romperlo basándome en un ridículo sueño, por más real que te haya parecido… Esta noche vas a esa cena, vas a conocer a Adrián, y luego, si tienes alguna duda, lo hablaremos con calma.
— No. — Replicó Elena.
— Elena…
— Jamás… — Agregó Elena, dando un paso atrás, mientras sentía como algo dentro de ella se encendía. — Jamás volveré a cometer el mismo error… Ni en mis sueños, ni en el más allá, ni en otra vida… — Soltó Elena con rabia para luego salir corriendo.
La puerta de la salida de la casa se cerró de golpe detrás de ella, pasó la reja y corrió hacia lo que ella veía solo como su libertad, pero no miró a los lados cuando cruzó la calle y el sonido de los frenos llegó tarde.
¡Plas!
Solo se escuchó un fuerte golpe, un chirrido y en los alrededores, algunos gritos.