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Capítulo 4 — Cuídate, Elena

— Los nuevos exámenes confirman lo que temíamos… — Explicó el doctor, sin siquiera abrir el expediente esta vez. — La progresión de la enfermedad ha sido más rápida de lo esperado, quizás haya estado usted bajo demasiado estrés, demasiadas emociones fuertes y la entiendo, Elena, con todo lo que le está sucediendo, pero debe intentar calmarse…

¿Demasiado estrés y emociones fuertes? Elena recordó el evento en el que fue humillada, la pequeña habitación en la que dormía y como pasó de ser la señora de la casa a ser ignorada incluso por los empleados.

— Ahora… Sin tratamiento inmediato y agresivo, me temo que estaríamos hablando de semanas, Elena… No meses.

“Semanas” Elena escuchó la palabra y sintió como la recorrió una corriente de aire frío.

— ¿Y con tratamiento? — Preguntó Elena, por curiosidad más que por esperanza.

— Con tratamiento, podríamos ganar algo de tiempo, pero dado que su cobertura médica está cancelada y los costos de una quimioterapia de este tipo son considerables… — El doctor hizo una pausa incómoda. — Necesitaría usted resolver esa situación con su esposo, con urgencia.

Elena asintió despacio, ¿la cobertura cancelada y hablarlo con su esposo? Sonaba como una burla en su cara.

Un seguro que su padre había pagado completo, para que ella nunca estuviera sola frente a algo así y que alguien había deshecho con una firma que no era la suya.

Y todos ellos ya sabían de su diagnóstico, era obvio por donde iba está historia…

— Entiendo… — Asintió Elena. — Gracias, doctor.

Ella salió del consultorio con la espalda recta, recorrió el frío pasillo del hospital hacia la salida cuando levantó la vista y lo vio.

Leandro estaba en la estación de enfermería, con la bata blanca puesta y un expediente en la mano, hablando con una enfermera con su sonrisa tranquila, al tiempo que la joven se sonrojaba ligeramente.

Elena ya lo había notado en él la primera vez que se encontraron, esa sonrisa sincera y deslumbrante que parecía congelar la concentración de cualquiera presente, como sucedía con la joven enfermera.

Ella se dio la media vuelta para marcharse, algo dentro del estómago de Elena de pronto se había revuelto al ver a esa joven sonreírle de esa manera.

Y entonces, cuando Elena ya casi cruzaba la puerta, Leandro volteó y la vio.

— ¡Elena! — La llamó Leandro con fuerza, haciendo imposible para Elena simular que no oyó.

— Leandro. — Elena se detuvo y volteó, disimulando sorpresa. — No sabía que trabajabas aquí.

— Llevo varios años. — Leandro se acercó con esa sonrisa cálida que la hacía poner algo nerviosa. — ¿Estás bien?

Era la misma pregunta que él le había hecho cuando la encontró bajo la lluvia, Elena casi sonrió.

— Vengo de ver al doctor Ramírez… — Respondió Elena, como una manera de explicarlo todo.

Leandro se paralizó por un segundo y luego, señaló con la cabeza hacia una pequeña sala de espera vacía al final del pasillo.

— ¿Tienes un momento?

Elena asintió y lo siguió, ¿Qué más podía hacer? Igual no había nadie que la esperara en casa.

Ellos se sentaron en dos sillas de plástico azul frente a una ventana que daba al jardín interior del hospital, Leandro la escuchó, mientras que Elena le contó lo suficiente, no todo, solo lo suficiente.

Él le preguntó sobre el diagnóstico, la progresión, las semanas, ella le respondió intentando sonar sin drama, como si le contara la desgracia de alguna novela.

— Lo siento… — Dijo Leandro cuando ella terminó.

Y lo dijo de una manera que sonó a que de verdad lo sentía, a que esa noticia le pesaba de una manera que él mismo parecía estar procesando mientras hablaba.

— No debería estar pasándote esto.

— Supongo que le pasa a mucha gente… — Respondió Elena, mirando la ventana. — Digo, mira este hospital, lo debes ver a diario. — Concluyó con una tenue sonrisa vacía.

— Sí… — Asintió Leandro. — Pero tú no eres mucha gente.

Elena lo miró sorprendida, al tiempo que Leandro le sostenía la mirada con cierto rastro de dolor en los ojos.

Él mostró una pequeña sonrisa triste, sus ojos parecían haberse apagado.

— Recuerdo que… Eras la persona más luminosa del colegio, ¿sabes? Yo… Solía sentir que el salón se sentía diferente cuando tú llegabas. — Contó Leandro hablando despacio. — Y sé que sigues siendo esa persona, se nota, incluso ahora.

Elena no supo qué responder, algo en su pecho había hecho un clic extraño al escuchar sus palabras.

Era algo que ella nunca llegó a sentir con Adrián, ni con nadie, como una calidez pequeña, casi ridícula, considerando todo lo que le sucedía, pero estaba ahí, recordándole que aún seguía viva.

— Tu esposo… — Continuó Leandro. — Debe ser un hombre muy afortunado.

— Él… — Elena bajó la vista hacia sus manos con tristeza, pensando mejor en lo que debía decir. — Quizás lo sea…

Leandro frunció levemente el ceño, como si hubiera captado algo en esa respuesta que no cuadraba.

Elena recordó todo lo horrible que le había hecho Adrián y por un momento se le hizo un nudo en la garganta.

— Yo… Ya debo irme. — Elena se levantó de golpe, no quería llorar y mucho menos delante de Leandro.

Ella se dio la media vuelta apresuradamente, pero antes de que pudiera avanzar, Leandro le sostuvo la mano, deteniéndola.

Hubo un momento de silencio, en el que ambos solo se miraron, quedándose sin palabras.

— Elena… — Leandro rompió el silencio. — Si necesitas un segundo opinión médica, o simplemente alguien con quien hablar sobre opciones de tratamiento… — Él se puso de pie. — Aquí estaré, no como favor y no solo como médico… Como alguien que te conoce, aunque sea de lejos y que de verdad te quiere ayudar.

— Gracias, Leandro. — Asintió Elena sintiendo como se le calentaban las mejillas y su corazón comenzaba a zumbar más fuerte.

Él asintió, finalmente le soltó la mano lentamente, como una caricia y con el corazón cada vez más acelerado, Elena se dio la media vuelta para salir.

— Cuídate, Elena. — Musitó Leandro en voz baja, para sí mismo.

Adrián esperaba a Elena en la sala de la mansión, él estaba sentado en el sofá con un sobre encima de la mesa de centro y una expresión de desprecio que ya no se molestaba en disimular.

— Siéntate… — Soltó Adrián apenas la vio entrar.

Pero Elena se quedó de pie, frente a él.

— El divorcio ya está en proceso… — Continuó Adrián, empujando el sobre hacia ella. — Necesito que firmes esto ahora mismo.

— ¿Ahora? — Elena miró el sobre sin tocarlo. — ¿Sin leerlo?

— No hay nada que leer que no sepas ya. — Adrián se estiró con una mueca de hastío.

— Entonces no te costará nada darme tiempo para revisarlo con un abogado.

— Firmas ahora… — Adrián la miró con frialdad. — O en este momento sales de esta casa sin tus cosas, sin un taxi, sin nada… Tú decides.

Elena miró el sobre, ella ya no tenía nada, no tenía a nadie y ahora mismo, ya no tenía energía para iniciar una batalla que quizás no podría terminar, cuando su principal batalla, era sobrevivir.

Así que tomó el sobre, sacó los documentos y firmó en cada línea marcada, sin leer, con una mano que no temblaba, porque había decidido que si iba a rendirse lo haría con dignidad.

Adrián recogió los documentos sin decir nada más y salió de la sala, mientras que Elena se quedaba sola, mirando el bolígrafo que todavía sostenía en la mano con impotencia.

Era de noche, Elena tenía el sobre de documentos médicos aún en sus manos.

¿Cómo lo haría? ¿Cómo haría para sobrevivir? ¿Cómo haría para hacerse su tratamiento cuando no tenía un seguro médico?

Era obvio que Adrián o algún otro DeLuca había cancelado ese seguro falsificando su firma para quedarse con el dinero de ese fondo, así que no había esperanzas de que su esposo la ayudara de alguna manera.

Elena tenía que encontrar la forma de resolverlo por sí misma, sola.

De pronto, la puerta se abrió de golpe, Erika, la amante de Adrián entró sin llamar.

— Elena… — Erika esbozó una ligera sonrisa y cerró la puerta detrás de ella con cuidado.

Ella un vaso en la mano, pequeño, con un líquido transparente que podría haber sido agua.

— Escucha, no vine para pelearme contigo… — Continuó Erika, con una voz que casi sonaba gentil. — Vine porque me preocupas.

Elena la miró sin decir nada, sin mostrar nada más que rabia y recelo.

— Sé lo del diagnóstico. — Erika se acercó despacio, como quien se acerca a un animal herido. — Semanas, Elena, eso es lo que te queda y francamente, ¿para qué? ¿Para sufrir más? ¿Para deteriorarte lentamente y morir en este cuarto, sola, después de todo lo que has pasado? — Hizo una pausa, extendiendo más la sonrisa hasta el punto que se veía macabra. — Escucha… Yo puedo ayudarte.

— ¿Qué? — Elena arrugó el entrecejo.

— Mira lo que conseguí para ti… — Erika agitó el vaso frente a los ojos de Elena y ella entendió todo. — Esto es rápido, sin dolor… Es morir con dignidad, que es lo único que nadie te ha dado en esta casa.

— No… — Soltó Elena con firmeza, levantándose de golpe.

— Elena…

— No… — Repitió Elena, soltando un manotazo hacia el vaso, provocando que se cayera y se derramará todo el líquido en el piso. — No voy a hacerlo.

— Sabía que lo dirías. — La sonrisa de Erika se volvió más grande, más marcada, volviéndose escalofriante con esos labios pintados de un rojo intenso.

Y algo cambió en la expresión de Erika, esa gentileza fabricada se disolvió, ella dio un paso hacia Elena, sacando rápidamente una jeringuilla sin aguja llena del mismo líquido transparente y en un instante, tomó a Elena con fuerza entre sus manos.

En ese cuarto pequeño, con una cama angosta que no dejaba espacio para moverse y con un cuerpo débil que llevaba meses traicionándola, Elena no pudo luchar mucho contra Erika.

Elena sintió la jeringuilla entrando con fuerza contra sus labios, intentó girarse, intentó apartarle las manos, pero ya no tenía fuerzas.

Erika presionó la jeringa y el líquido entró a presión en la garganta de Elena, provocando que se ahogara y terminara tosiendo frenéticamente al tiempo que caía en la cama.

Erika retrocedió, recogió el vaso y salió del cuarto sin mirar atrás, cerrando la puerta con el mismo cuidado con el que había entrado.

Al tiempo que Elena se ahogaba sobre la cama, intentando desesperadamente vomitar, ¿Por qué después de todo este tiempo vomitando, ahora no funcionaba cuando más lo necesitaba?

Elena intentó levantarse, quizás alguien afuera la podría ayudar, pero así como intento erguirse, así cayó una vez más sobre la cama.

El cuerpo de Elena comenzó a quedarse sin las pocas fuerzas que ella tenía, sentía frío, sentía como el aliento se le iba agotando mientras miraba el techo del cuarto de servicio, era blanco y sin detalles, no había nada interesante en él.

Pero era lo único que podía ver mientras la respiración se le iba haciendo más corta, más lenta.

Elena pensó en el diagnóstico, recordó a su padre el día de su boda, cuando le dijo:

“Eres lo más grande que he hecho en mi vida, Elena, y mereces toda la felicidad del mundo, ese es mi mayor deseo para ti, que seas feliz para siempre”

Elena había creído en eso, había creído tanto en eso.

Y entonces, cuando la oscuridad ya empezaba a ganar terreno, apareció otro rostro, uno que Elena no se esperaba: Leandro.

“Sigues siendo esa persona. Se nota, incluso ahora” Elena recordó sus palabras, su cálida sonrisa que le hacía estremecer y sintió esa calidez pequeña e inexplicable.

Esa fue la última cosa que Elena sintió.

La mano de Elena resbaló sobre la cama, cayendo flácida y el pequeño cuarto se quedó en absoluto silencio.

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