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Capítulo 3 — La flor marchita

En los siguientes días Adrián no apareció y no contestó el teléfono con la excusa de que estaba muy ocupado con el evento.

El evento era una serie de fiestas de gala se llevaban a cabo cada año por las más grandes empresas de tecnología mostrando sus avances.

Este año, la empresa de los DeLuca, sería quien daría la primera fiesta y obviamente su presidente Adrián DeLuca debía estar ahí junto a su esposa, jugando a la familia feliz.

Así que Elena acepto ir porque está era su única oportunidad para ver a Adrián antes de que volviera a desaparecer y hablar con él sobre su enfermedad, sobre el seguro, sobre su cruel exilio en una habitación del servicio.

Adrián llegó a la mansión DeLuca a buscar a Elena a las siete en punto, ella ya estaba lista, esperándolo sentada en el borde de la cama angosta, con un vestido azul medianoche puesto y los guantes blancos sobre el regazo.

Se había arreglado frente al pequeño espejo del baño, con la luz insuficiente y sin la mesa de maquillaje que tenía en su antigua habitación, y aun así había quedado bien.

Eso también podía llamarse como un tipo de resistencia y fortaleza, no estaba dispuesta a dejarse vencer, no estaba dispuesta a dejar de luchar, su fe la mantenía en pie.

Adrián abrió la puerta sin tocar y la miró de arriba abajo como si le hiciera una evaluación rápida, pero aparentemente, no encontró ninguna objeción, porque lo único que dijo fue:

— El auto está abajo. No me hagas esperar. — Luego Adrián se dio la media vuelta para marcharse.

Durante el trayecto hacia la gala en la limusina, Adrián no decía nada, solo revisaba su teléfono, respondiendo mensajes con una concentración que solo reservaba para las cosas que le importaban de verdad.

— Adrián… — Elena rompió el silencio. — Tenemos que hablar.

Adrián levantó una mano para acallarla, sin siquiera levantar la mirada del bendito teléfono.

— Adrián, tengo que decirte algo muy importante… — Insistió Elena con algo más de carácter, obligando a Adrián a despegar la mirada del teléfono.

— ¿Es de vida o muerte? — Preguntó Adrián con evidente molestia, arrugando el entrecejo.

¿Era de vida o muerte? Para Elena si lo era.

— Por qué si no es algo que sea de vida o muerte en este preciso momento, solo me harás perder el tiempo, estoy ocupado terminando de afinar los últimos detalles de la fiesta y sabes lo importante que es esto… — Continuó Adrián con frialdad.

— ¡Esto es más importante…! — Intentó objetar Elena, cuando el teléfono de Adrián empezó a repiquetear como loco en sus manos, acallándola.

— Sea lo que sea que me quieras decir, estoy seguro de que puede esperar hasta después de la fiesta… — Concluyó Adrián.

Luego él se volteó y contestó el teléfono hablando casi en susurro, entonces Elena entendió que solo quería hablar con esa mujer, Erika.

La gala del Consorcio Tecnológico DeLuca se celebraba en el Gran Salón Meridian, un espacio que existía para recordarle a la gente cuánto dinero podía gastarse en una sola noche.

Con arañas de cristal, mesas con flores blancas y fotógrafos en cada entrada.

Elena entró del brazo de Adrián, como se esperaba, saludó a las personas que se esperaba saludar y sonrió en los momentos precisos, como se debe, ella buena en eso, siempre lo había sido.

Pero está noche en particular, Elena notó pequeñas cosas diferentes, primero que Adrián la soltaba del brazo más rápido de lo habitual, sin simular; luego notó que Justina, la miró desde lejos con una sonrisa satisfecha y maliciosa.

También notó que varias personas del círculo cercano de los DeLuca no la saludaron, solo hablaban en voz baja mirándola de reojo y además notó a Erika, ella usaba vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación y hablaba con el coordinador del evento como si ella fuera la que mandara ahí, esa noche.

Elena tomó una copa de agua de una bandeja que pasó cerca y se ubicó en su lugar, la mesa principal, junto a Adrián, donde correspondía.

Cuando llegó el momento del discurso principal, Adrián subió a la tarima, Elena lo observó desde su asiento, el salón lo escuchaba, las cámaras los reporteros lo seguían de cerca y entonces, Adrián hizo una pausa.

— Esta noche… — Retomó Adrián, con una voz que llenaba el salón. — Quiero aprovechar este espacio para ser honesto con todos ustedes, con nuestros socios y con nuestra comunidad… — Otra pausa. — El matrimonio es una institución que merece respeto y el respeto comienza con la verdad.

Elena sintió que el estómago se le comenzó a revolverse.

— Mi esposa, Elena y yo, por mutuo acuerdo, hemos tomado la difícil decisión de iniciar los procesos de divorcio… — Adrián no la miró mientras lo decía. — Ha sido una decisión meditada, dolorosa, pero necesaria para ambos… Así que les pido discreción y respeto en este momento privado que, entiendo, ahora es público.

El salón quedó en silencio por exactamente dos segundos, luego comenzaron los murmullos.

Elena no se movió, con el corazón galopante, sintió todas las miradas girar hacia ella de manera simultánea, como una marea, sintió el calor de los flashes de las cámaras que los fotógrafos, quienes habían redirigido toda su atención hacia ella para capturar su reacción.

Pero Elena había actuado tanto en este mundo que había aprendido a actuar muy bien y solo asintió como si de verdad hubiera estado de acuerdo con lo que decía Adrián.

Ella mantuvo la espalda recta, mantuvo la copa de agua en la mano y mantuvo la expresión serena.

Elena no pensaba darles el gusto, no pensaba hacer de lo que quedaba de su vida, un circo para ellos.

Pero por dentro, algo se le estaba rompiendo en silencio.

Ahora ella entendía por qué Adrián nunca estaba, por qué no le contestaba las llamadas, por qué había sido relegada por su esposo a ese pequeño cuarto de servicio.

Fue entonces cuando Erika se movió, acercándose a Elena con una supuesta expresión de preocupación.

— Elena… — Empezó a hablar Erika, en voz baja, pero lo suficientemente audible para la mesa contigua, para los fotógrafos cercanos, para el periodista que claramente estaba grabando desde su teléfono a dos metros de distancia. — ¿Estás bien, querida? Con tu condición… esto debe ser muy difícil para ti.

— ¿Mi condición? — Elena la miró, confundida.

Erika abrió los ojos con una expresión de horror perfectamente fabricada, como alguien que acaba de darse cuenta de que dijo algo que no debía.

— Oh, Dios, lo siento… — Susurró Erika, llevándose una mano a la boca al tiempo que miraba alrededor con pena. — No quise… Es que estaba tan preocupada por ti, con lo del diagnóstico… No pensé que todavía no era público.

Eso fue una detonación, en los siguientes treinta segundos, Elena escuchó la palabra “diagnóstico” pasar de boca en boca por el salón como una corriente eléctrica.

Vio a los periodistas intercambiar miradas y vio a Justina, observar la escena con satisfacción.

Con toda la elegancia y sobriedad que pudo, Elena dejó la copa de agua sobre la mesa, se puso de pie y sonrió para el público, era una sonrisa pequeña, perfecta.

Miró a Erika directamente a los ojos por un momento, solo un momento, y lo que Erika encontró en la mirada de Elena no era lo que esperaba encontrar.

No fue miedo, no fueron lágrimas, sino una rabia e impotencia contenida que asustó tanto a Erika, que terminó dando un pequeño paso atrás de manera involuntaria.

— Disculpa… — Soltó Elena, levantando una mano para empujar a Erika por un hombro, apartándola de su camino.

Todos se sorprendieron, pero Elena no volteó la mirada hacia nadie, ya no le importaba lo que murmuraban, ya no le importaba el impacto que estaba causando, solo le importaba salir de ese infierno.

Así que Elena caminó hacia la salida, con la espalda recta mientras los murmullos crecían a su espalda, pero antes de llegar a las enormes puertas del salón, algo la detuvo, una especie de presión.

Se escuchó una rasgadura y Elena sintió como la tela del delicado vestido de encaje que usaba se le desprendía de su pecho.

Tuvo que llevarse las manos rápidamente hacia el pecho para no quedarse semidesnuda, la piel se le puso pálida, la respiración se le agitó, sorprendida, Elena volteó y vio que Erika pisaba la larga cola de su vestido.

— UPS… — Soltó Erika con una expresión de inocencia. — Disculpa. — Agregó al final con un ligero tono de ironía.

Con una diminuta sonrisa ladeada, Erika levantó el pie de la cola del vestido, liberando a Elena, quien terminó cayendo.

— Ay, pobre… — Erika dibujó su mejor expresión de lastima y estiró su mano hacia Elena, al tiempo que los fotógrafos tomaban la escena, Elena ya se lo imaginaba: la buena samaritana de Erika, ayudando a la pobre Elena.

Elena se sostuvo el vestido con una mano y con la otra le soltó un manotazo a la mano estirada de Erika, azotándola.

— ¡Elena! — Se escuchó la voz de Adrián que se acercaba para consolar a Erika. — Que malagradecida eres… Precisamente por eso me estoy divorciando tuyo…

Elena se levantó elevando la cara con toda la dignidad que pudo y se volteó hacia la salida.

Las puertas del salón se cerraron detrás de ella, amortiguando el ruido, y entonces el pasillo quedó en silencio, frío y vacío.

Elena caminó hasta el primer rincón donde no había cámaras ni personal del evento y se apoyó contra la pared con la espalda, cerrando los ojos.

Y ahí, en la soledad, ella al fin dejó que las rodillas cedieran despacio hasta quedar sentada en el suelo frío del pasillo, con el elegante vestido azul medianoche extendiéndose a su alrededor.

La cabeza le daba vueltas, el estómago ardía, la garganta estaba tensa, respiró, respiró de nuevo.

Luego sacó el teléfono del bolso, miró la pantalla, no tenía a nadie a quien pudiera llamar, eso ya lo sabía, así que lo guardó otra vez.

Al día siguiente, el titular del periódico digital más leído de la ciudad tenía una foto tomada en el momento exacto en que ella se encontraba en el piso con la mano de Erika estirada, con el titular:

”La flor marchita del Imperio DeLuca”.

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