— Los resultados son concluyentes. — El doctor abrió el expediente frente a él. — Adenocarcinoma Gástrico… Etapa cuatro.
Elena escuchó las palabras.
Las escuchó, las procesó y, sin embargo, tardó un momento en asimilar todo.
— ¿Etapa cuatro? — Repitió Elena, con un ligero temblor en la voz.
— Me temo que sí… — El doctor Ramírez la miró con una expresión llena de lástima y compasión. — El tumor ha progresado de manera significativa… Hay compromiso de ganglios linfáticos adyacentes y algunas lesiones que requieren evaluación urgente.
— ¿Cuánto tiempo? — Preguntó Elena directamente.
— Eso depende de muchos factores. — El médico bajó la mirada. — Con quimioterapia paliativa podríamos…
— Doctor. — Elena lo interrumpió. — Por favor.
— Meses. — Respondió el doctor finalmente. — Con un especialista y el tratamiento adecuado, quizás más… Sin el…
No terminó la frase, no era necesario.
Elena asintió despacio, mirando un punto indefinido sobre el escritorio, meses, tenía solo meses.
Esa mañana había desayunado con comida fría, mientras su esposo le sostenía la muñeca a otra mujer, y ahora tenía meses de vida.
¿Por qué? ¿Por qué le estaba ocurriendo todo esto?
— Hay algo más que debo mencionar… — Continuó el doctor. — Este tipo de cáncer gástrico podría tener un componente hereditario, de haberlo, eso nos podría ayudar con su caso… ¿Tiene usted antecedentes familiares? ¿Algún familiar directo que haya padecido cáncer gástrico?
Elena abrió la boca para responder que no, cuando un recuerdo viejo la envolvió.
Su padre sentado a la orilla de su cama con una expresión llena de dolor, diciéndole: “Tu mamá se fue, Elena. Pero tú y yo vamos a estar bien”.
Él nunca le había explicado de qué se fue, nunca le dijo por qué su madre murió o qué tenía, su padre nunca quiso hablar de ello y ella, con el tiempo, aprendió a no preguntar para no hacerlo sufrir.
— Mi madre murió cuando yo era una niña… — Contó Elena. — Pero nunca supe exactamente de qué.
— Sería muy bueno saberlo, si existiera un antecedente de cáncer gástrico en su familia directa, eso explicaría en parte sobre la progresión de su enfermedad y nos ayudaría a darle un mejor tratamiento… — El doctor tomó su bolígrafo y comenzó a garabatear entre papeles. — Le recomendaría investigarlo.
Elena asintió en silencio, ¿Investigarlo? Como si tuviera tiempo para eso ahora.
…
— Señora DeLuca, el sistema rechaza la cobertura… Su póliza fue cancelada hace seis meses. — Anunció la cajera de la clínica.
— ¿Qué? — Elena arrugó el entrecejo, totalmente confundida. — Debe ser un error, mi padre pagó la prima completa por diez años antes de morir… Es un fondo blindado.
— Lo siento, pero aquí figura una solicitud de retiro voluntario de fondos firmada y procesada, el saldo de su cuenta médica está en cero, quizás deba pasar luego por la aseguradora para hablar con ellos… Pero para pagar la consulta y los exámenes de hoy, debe realizar un pago inmediato en débito o crédito. — Explicó la cajera.
— Está bien, entiendo… — Elena asintió y sacó una tarjeta de su bolso.
Mientras la cajera se cobraba, Elena miró su teléfono celular, ¿Debería llamar a Adrián?, ella recordó todo lo que sucedió esa mañana y volvió a guardar su teléfono.
No, quizás no, tenía que darle la noticia, pero quizás era mejor hacerlo personalmente, así también le preguntaría si sabía algo sobre el seguro, porque ahora ella necesitaba ese seguro más que nunca.
Se suponía que debía llorar, se suponía que debía llamar a su esposo, se suponía que ella debía hacer algo, pero en ese momento, ella se sentía incapaz de reaccionar.
Elena salió de la clínica y cuando cruzó la puerta, fue que se dio cuenta de que estaba lloviendo, volvió a sacar su teléfono y llamó a su chofer.
— Lo siento, Señora DeLuca, Pero el señor Adrián me llamó urgente y tuve que irme. — Anunció el chofer al otro lado de la línea.
— ¿Qué? — Elena exhaló.
De inmediato, Elena colgó y marcó el número de su esposo, ¿Cómo podía haberse llevado a su chofer? Ese era su auto y su chófer personal, el mismo Adrián le asignó desde que se casaron.
El teléfono de Adrián repiqueteo muchas veces, Elena tuvo que insistir bastante hasta que por fin él respondió.
— ¿Qué quieres…? Habla rápido que estoy en una junta… — Soltó Adrián sin mucho interés.
— Es que… Estoy en el hospital y…
— ¿De nuevo te sientes mal? Tómate una aspirina y acuéstate a dormir, no me hagas perder tiempo en esto… — Respondió Adrián con hastío.
— No, no… Es algo más grave. — Murmuró Elena sintiendo ya el nudo en la garganta.
— No intentes manipularme…
— ¡No! — Gritó Elena llena de impotencia. — Adrián, llueve a cántaros, necesito volver a casa y no tengo como…
— Yo lo necesito… — Replicó Adrián. — Tú nunca lo usas, nunca sales de casa, ¿Te tenías que antojar hoy, que yo lo necesito?
— Adrián, no lo hice a propósito, ¿Crees que me gusta enfermarme? — Contestó Elena, irritada.
— Lo haces para llamar la atención…
— ¡Ya basta! — Elena sentía como las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. — Adrián, necesito a mi chófer, estoy en la clínica y está lloviendo mucho, llámalo y dile que venga a buscarme.
— Adrián, cariño, ya me voy… El chófer me está esperando… — Se escuchó la voz de Erika al fondo de la conversación.
— ¿Cómo…? ¿Cómo pudiste…? — La voz de Elena sonaba cada vez más quebrada. — ¿Y por esa mujer…?
— ¡Ya deja el drama, ok! Es algo importante, Erika me está ayudando con la empresa, a diferencia de ti, aporta en algo… No la voy a poner a sufrir tomando taxis por toda la ciudad con extraños… Tú solo vas del hospital a casa, así que deja de joder y toma un taxi.
Adrián colgó y Elena no pudo más, una silenciosa lágrima bajó por su mejilla al tiempo que Elena comenzó a avanzar bajo la lluvia torrencial como un zombi.
Se abrazaba a su misma para calentarse, su cuerpo se estremecía por el frío, no tenía ni un paraguas, ni un abrigo, solo tenía un sobre médico que se estaba humedeciendo bajo sus brazos y unos zapatos completamente equivocados para caminar sobre el pavimento mojado.
Avanzaba en automático, sin mirar para los lados, sin punto fijo, pensando en la voz del doctor diciendo “meses”, cerró los ojos sintiendo un escalofrío, cuando un auto apareció sin aviso.
Los frenos chirriaron a centímetros de ella, Elena retrocedió de un salto cayendo sentada sobre un charco al tiempo que sintió como el corazón le golpeó el pecho con fuerza.
La puerta del conductor se abrió de golpe.
— ¡Dios mío! — Se escucharon pasos rápidos sobre el asfalto mojado.
Elena levantó la vista, el hombre que tenía frente a ella era alto, elegante y sumamente atractivo, con el cabello oscuro brillando con las gotas de la lluvia.
— ¿Estás bien? ¿Te lastimé? — Él se agachó y comenzó a tocarla con cuidado, revisándola.
— Estoy bien… — Musitó Elena aún aturdida.
Y entonces, él extendió la mano hacia ella con caballerosidad, para ayudarla a levantarse y cuando Elena se levantó, sus miradas se encontraron.
— Elena… — Susurró el hombre, sorprendido.
— ¿Nos conocemos? — Elena parpadeó, perpleja.
— Si, soy Leandro Montclair. — Él extendió una enorme y perfecta sonrisa, provocando un pequeño sobresalto en el pecho de Elena. — Estudiamos juntos… Hace años.
Elena lo miró con más atención, había algo familiar en él, en la línea de su mandíbula, en la forma en que se paraba.
— Leandro… — Lo repitió Elena despacio. — Sí… Te recuerdo.
— Que bueno… — Leandro le sostuvo la mano con algo más de fuerza y fue entonces cuando ambos se dieron cuenta de que seguían tomados de la mano y demasiado cerca.
Elena lo soltó de golpe, retrocediendo unos pasos, sus mejillas se encendiendo de inmediato sin que ella supiera todavía porqué.
— ¿A dónde vas? — Preguntó Leandro.
— A casa.
— ¿Caminando bajo está lluvia? — Leandro la miró sorprendido.
Elena no respondió, bajó la vista con cierta vergüenza y entonces, Leandro se volvió hacía el auto y abrió la puerta del copiloto.
— Sube… Te llevo.
— No es necesario… — Negó Elena apretando el sobre húmedo contra su pecho.
— Elena. — La interrumpió, Leandro. — Estás bajo la lluvia, sin transporte, y casi te atropello… Déjame llevarte, por favor.
Elena miró la puerta abierta, miró la lluvia, miró sus manos que sostenían el sobre con los resultados que le habían dicho que se estaba muriendo sin que nadie estuviera a su lado.
¿Qué más le podía pasar? Así que, asintió y subió al auto.
Ella miró alrededor con curiosidad, en un asiento trasero notó que había un par de batas de doctor colgadas, ¿Leandro era médico? Bueno, hasta donde Elena recordaba en el colegio, él era un chico muy listo.
Por el camino él no habló mucho, solo lo básico, pero Elena había notado como deslizaba la mirada hacia ella a cada segundo, detallándola.
Luego de unos minutos, la mansión DeLuca apareció al final del camino privado, iluminada y perfecta desde afuera, como siempre.
Elena bajó del auto antes de que Leandro apagara el motor.
— Elena… — Leandro la llamó, ella se quedó mirándolo por un momento, esperando que le dijera algo. — ¿Estás bien?
Era una pregunta simple y, sin embargo, Elena sintió que algo dentro de ella se oprimía al escucharla, porque llevaba horas, semanas, meses sin que nadie se la hiciera.
— Sí… — Respondió Elena, como cualquiera lo haría. — Gracias.
— Si necesitas algo… — Leandro habló despacio, como si eligiera las palabras. — Lo que sea.
Él extendió una tarjeta hacia ella que Elena tomó y la miró como si quisiera decirle algo más, como si sospechara algo.
— Señora DeLuca… — La llamó una muchacha del servicio desde la puerta.
— Lo siento, me tengo que ir… — Elena se dio la media vuelta para entrar en la mansión.
Leandro apretó los labios como si se estuviera conteniendo, mientras la vio marcharse esbozó otra sonrisa cálida hacía Elena y luego de un momento, arrancó el auto.
— Mientras usted estaba fuera… El señor DeLuca dio instrucciones de… — La muchacha del servicio tragó saliva. — Sus cosas han sido trasladadas.
— ¿Qué? ¿A dónde?
Elena entró en su nueva habitación, estaba en el ala de servicio, era pequeña, con una ventana que daba a la pared del edificio contiguo, una cama angosta y su ropa doblada en pilas ordenadas.
Ella cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama con el sobre médico sobre las rodillas, sacó su teléfono y le marcó a su esposo, él debía darle una explicación, pero por más que insistió, está vez, Adrián no contestó.
Y entonces, en ese cuarto que olía a pintura vieja, sola y en silencio, Elena dejó caer la cabeza entre las manos y lloró cómo nunca había llorado en su vida.