Aquella mañana, el aire se sentía más viciado de lo habitual. Elena estaba sentada en la sala de su apartamento, abrazando sus rodillas mientras miraba la pantalla apagada del televisor. Las noticias de negocios se desplazaban rápidamente en la parte inferior, como un cuchillo que seguía cortando lentamente su cordura.
Su teléfono celular sonó. Era Tamara.
Elena contestó de inmediato.
—¡Elena, es grave!
—Lo sé, Tamara —respondió ella rápidamente.
—Sí, pero… cariño, deberías ver el informe de es