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—Solo estoy conmovida, mamá... ¿Puedo llorar un poco? —Elena se limpió las mejillas, sonriendo apenas con una voz temblorosa.

La señora Sonia se acercó y la abrazó con dulzura. —Llora si eso te alivia, querida. Has estado cargando con todo esto tú sola durante demasiado tiempo. Ahora ya no estás sola.

Elena asintió suavemente en medio de aquel cálido abrazo. Se sentía como ser sostenida por su propia madre: un abrazo cálido, sincero y libre de juicios. Sin embargo, el tiempo apretaba y sabía
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