Capítulo 22
En la lujosa habitación del hospital, el pequeño David seguía acostado, débil, sobre la cama. Su frágil cuerpecito estaba envuelto en una manta gruesa; el rostro, pálido; una vía intravenosa conectada a su diminuta mano. Un trastorno poco común que atacaba sus vasos sanguíneos le había provocado una fiebre muy alta, y un sarpullido rojizo había aparecido en varias partes de su piel. El médico había explicado que era necesario mantenerlo bajo cuidados intensivos para evitar complicac