Punto de vista de Elara.
El aire de mi habitación estaba impregnado del aroma de los lirios que Isabella había dejado en mi mesita de noche, un recordatorio burlón de que seguía allí, respirándome en la nuca.
Metí la mano bajo la tabla suelta del suelo, debajo del tocador, para revisar el teléfono desechable cuando la puerta se abrió de una patada.
Dante estaba allí, en la entrada. Llevaba la camisa blanca desabrochada en el cuello y las mangas remangadas. En su mano derecha sostenía un pequeño