Capítulo ciento nueve. La cicatriz bajo la luna.
El amanecer llegó sin gloria, cubierto por nubes bajas y viento frío. El castillo, normalmente animado por la actividad de los centinelas y el bullicio de los aprendices, amaneció en un silencio denso. Los sirvientes caminaban en puntas de pie. Nadie hablaba más de lo necesario.
En la cámara de sanación, Kael abrió los ojos.
Tardó unos segundos en reconocer el techo de piedra tallada, los paños de hierbas colgados de las vigas, y el aroma persist