LYRIC
Salimos juntos del bar y fuimos a su hotel. Nos marchamos en su Arcanis GT, uno de los carros más caros del mundo.
Quienquiera que fuera ese tipo, estaba nadando en dinero. ¿Sería un Alfa?
Una parte de mí sintió la tentación de hacerle preguntas, pero nada de eso importaba. Solo íbamos a hacer el amor y no volver a vernos jamás.
***
Fue la mejor noche de mi vida. Hizo el amor conmigo de la forma más tierna. Y aunque era mi primera vez, no estaba segura de que la intimidad pudiera ser más dulce. No quería que paráramos.
A él le sorprendió saber que yo era virgen. Durante todo el tiempo, no dejó de preguntarme si estaba bien o si necesitaba que fuera más lento. Por primera vez, a alguien le importaban mis sentimientos.
Pero algo extraño sucedió mientras hacíamos el amor.
Todo iba de maravilla hasta que, de repente, se detuvo dentro de mí y se vino, gimiendo profundamente.
Me quedé helada, pero los dos estábamos tan metidos en el momento que no era tiempo de hacer preguntas.
Se quitó de encima casi de inmediato y se sentó al borde de la cama.
—Qué raro.
Dijo para sí mismo.
Yo estaba igual de confundida. Creí que no podía venirse con una loba.
Me observó, y por el tiempo que me sostuvo la mirada, supe que me estudiaba como si yo fuera un acertijo.
Yo seguía acostada boca arriba, exhausta. Al poco rato, se acostó a mi lado y se apoyó en un codo para sostener la cabeza.
—¿Quién eres?
Me acarició la mandíbula con un dedo. Su contacto fue electrizante.
Pasé saliva. “Solo soy fea, abandonada por cada persona que ha pasado por mi vida”.
Para mi sorpresa, se quitó la máscara.
Me quedé con la boca abierta al ver al hombre que tenía delante. ¡Por la Luna! ¡Era el Alfa más guapo que había visto en mi vida!
Era demasiado atractivo. Yo nunca podría tener a alguien como él. Era demasiado para mí.
Me tapé más con el edredón para ocultar mi cuerpo.
—Debiste decirme en el bar que eras virgen.
Dijo él.
¿Qué más daba? Ya no me importaba ser virgen.
Lentamente, su mano se acercó a mi cara. Al darme cuenta de lo que pretendía, grité y retrocedí.
—No.
Negué con la cabeza, aferrándome al edredón.
—¿Por qué? Tú ya viste mi cara.
Aun así, negué con la cabeza.
—El trato sigue igual. No hay de qué preocuparse —añadió.
“¡No entiendes! Me vas a odiar si me ves la cara”.
La noche estaba siendo demasiado perfecta. No quería que nada la arruinara.
—Soy fea.
Murmuré, bajando la cabeza.
Pareció sorprendido.
Volvió a acercar la mano a mi cara y esta vez no intenté detenerlo. Este era mi destino.
Me quitó la máscara, puso un dedo bajo mi barbilla y levantó mi cara para que lo mirara.
Las lágrimas brillaban en mis ojos mientras lo miraba a sus… a sus encantadores ojos plateados.
Me estaba mirando directamente a la cara; a la cicatriz. Ahora sí iba a salir huyendo.
Me estremecí y cerré los ojos cuando pasó un dedo por la cicatriz. ¿Qué estaba haciendo?
—¿Qué te pasó?
Su tono era suave y sus dedos seguían acariciándome la cara.
Lo miré a los ojos y, hasta el momento, no había rastro de rechazo en su mirada.
—A… alguien me atacó.
Tragué saliva.
—Me secuestraron y me vendaron los ojos mientras me lastimaban. He visto a muchos doctores, pero ninguno ha podido ayudarme.
Pasaron unos segundos. No me quitaba los ojos de encima.
—Eres hermosa —murmuró.
Arrugué la frente. ¿De qué estaba hablando?
—¿De verdad crees que la cicatriz te hace fea?
Negué con la cabeza y aparté la cara de su mano.
—Soy fea. Todo el mundo me lo dice.
Para mi sorpresa, me acercó a él, rodeándome los hombros con su brazo.
—Hasta esta noche, creo que nunca había conocido a una loba tan impresionante como tú, Princesa.
Se me aceleró el pulso mientras escuchaba los latidos de su corazón con la cabeza apoyada en su pecho. Sin poder evitarlo, una lágrima se me escapó. Estaba mintiendo. Solo quería hacerme sentir mejor.
—¿Crees que podríamos modificar un poco el trato? Me encantaría pasar otro día contigo.
Dijo, dejándome helada.
¡¿Qué?! Esto no era posible.
—Yo… yo…
—Por favor.
Se me derritió el corazón. Por primera vez en mi vida, alguien me rogaba que me quedara, no que me fuera.
Escondí la cara en su pecho mientras respondía.
—Me encantaría.
***
Pero, como todos los demás, me mintió.
Igual que todos los demás, me había engañado.
A la mañana siguiente, ya no estaba.
Me desperté y no lo encontré en la cama. No había ninguna nota, ningún rastro de que hubiera estado conmigo, salvo por el dolor entre mis piernas.
Y para colmo, alguien apareció en la puerta y me pidió que me fuera.
—¿Cree que vaya a regresar el hombre con el que vine anoche…?
Le pregunté al hombre, con el pulso descontrolado.
—No. Fue idea suya que se fuera. Dijo que no quiere verla cerca de esta propiedad. Por favor, retírese de inmediato.
Dijo el sujeto y se fue.
Y así, sin más, sentí que el corazón se me hacía pedazos. Pero, por alguna razón, dolió más que cuando Roderick me rechazó.