Mundo ficciónIniciar sesión—¿Será posible... que él sea el hombre conocido como el Maestro Orion?
La voz de Celine fue apenas un susurro.
Su mirada seguía fija en la vieja fotografía que sostenía entre las manos.
Si aquel anciano era realmente el Maestro Orion, entonces todo comenzaba a tener sentido.
Ese nombre no era uno cualquiera.
Incluso después de tantos años de su supuesta muerte, la leyenda del Maestro Orion seguía viva en el mundo de la medicina.
Se decía que era capaz de salvar a pacientes que ya habían sido condenados a morir, y que una sola de sus enseñanzas valía miles de millones de dólares.
Innumerables figuras influyentes habían llegado a arrodillarse ante él, suplicándole que los aceptara como discípulos.
Sin embargo, nadie conocía su verdadero rostro.
Era como si jamás hubiera mostrado su identidad ante el mundo.
—¿Encontraron algo más? —preguntó nuevamente Celine, arqueando ligeramente una ceja.
El jefe de seguridad negó con la cabeza de inmediato.
—Todavía no, señorita.
—Entonces sigan investigando.
—Sí, señorita.
El hombre hizo una leve reverencia antes de retirarse.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Celine contempló la fotografía durante unos instantes más, hasta que finalmente la guardó con cuidado dentro de su bolso.
Fuera cual fuera el secreto de Ethan, ella estaba decidida a descubrirlo por sí misma.
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Mientras tanto, en un lujoso edificio situado en el centro de la ciudad, Arthur Kane permanecía sentado en su despacho.
A su lado, un hombre de mediana edad permanecía de pie, con la cabeza inclinada en señal de respeto.
—Señor Arthur.
—¿Lo encontraste?
—Sí.
Arthur abrió lentamente los ojos.
—¿Qué averiguaste?
El hombre vaciló antes de responder.
—Hace cinco años, después de la muerte del padre adoptivo de Ethan, alguien intentó borrar por completo cualquier rastro de aquel incidente.
La mirada de Arthur se volvió penetrante.
—¿Tienen alguna idea de quién pudo haber sido?
—Todavía no hemos logrado identificar al responsable.
Arthur golpeó el suelo con su bastón.
Su mano se aferró con más fuerza al mango.
—Sigan investigando.
—Sí, señor.
El hombre inclinó la cabeza y se retiró.
Cuando la puerta se cerró, Arthur caminó lentamente hasta la ventana.
Su mirada se perdió en el cielo del atardecer, mientras sus pensamientos viajaban muy lejos.
—Sin duda es el discípulo del Maestro Orion...
Una leve sonrisa apareció en su rostro, llena de absoluta certeza.
—Al fin has regresado... —murmuró una vez más.
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Esa noche, el hospital estaba mucho más tranquilo.
La mayoría de los pacientes ya descansaban y las luces de los pasillos iluminaban tenuemente el lugar.
Ethan salió de la sala de archivos del hospital.
En sus manos llevaba una vieja carpeta.
Era el expediente relacionado con la muerte de su padre adoptivo ocurrida cinco años atrás.
Pero, tal como había imaginado, no encontró nada.
Todos los documentos importantes habían desaparecido.
Era como si alguien los hubiera eliminado deliberadamente mucho tiempo atrás.
La mirada de Ethan se volvió fría.
Cuanto más investigaba, más evidente resultaba que la muerte de su padre adoptivo no había sido un simple accidente.
En ese momento, su teléfono comenzó a vibrar.
En la pantalla apareció un número desconocido.
Ethan respondió la llamada sin decir una sola palabra.
—Te he estado esperando.
La voz de Arthur sonó desde el otro lado de la línea.
—¿Vas a venir o no?
Ethan permaneció en silencio durante unos segundos.
Las palabras se negaban a salir de su boca.
Vacilaba.
—Solo tienes quince minutos.
Arthur habló una vez más.
Acto seguido, la llamada se cortó.
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Veinte minutos después, un automóvil negro se detuvo frente a una lujosa villa ubicada en una exclusiva zona residencial.
Ethan descendió del vehículo.
Alguien había ido a buscarlo personalmente.
No tenía otra opción.
Tal vez aún no confiaba por completo en Arthur, pero sí creía que allí encontraría alguna respuesta.
El enorme portón se abrió lentamente.
Un mayordomo salió de inmediato a recibirlo.
—Señor Ethan, por favor, pase. El señor Arthur ya lo está esperando.
Ethan no respondió.
Se limitó a seguir al mayordomo hasta llegar a un elegante despacho.
Arthur lo esperaba allí.
Sobre el escritorio descansaba una antigua caja de madera.
Arthur señaló la silla frente a él.
—Siéntate.
Ethan no quiso perder el tiempo.
—No demos rodeos. ¿Para qué me pidió que viniera hasta aquí? —preguntó sin rodeos.
Arthur sonrió.
El carácter de Ethan le recordaba inevitablemente a Orion.
Eran exactamente iguales.
Ninguno de los dos tenía paciencia.
—De verdad te pareces mucho a tu maestro.
Luego abrió lentamente la caja de madera.
En su interior había un viejo colgante de plata, opacado por el paso del tiempo.
Apenas lo vio, los ojos de Ethan se abrieron de golpe.
¿Cómo podía haber olvidado aquel objeto?
Era el colgante de su padre adoptivo.
—¿Cómo llegó este colgante a sus manos? —murmuró Ethan, incapaz de ocultar su incredulidad.
Después de la muerte de Orion, todas las pertenencias que había dejado atrás desaparecieron sin dejar rastro.
Arthur tomó el colgante y lo contempló en silencio.
—Tu padre adoptivo me lo entregó tres días antes de morir.
El corazón de Ethan comenzó a latir con fuerza.
Sus ojos se ensombrecieron con una frialdad escalofriante.
—¿Qué fue lo que le dijo?
El rostro de Arthur adquirió lentamente una expresión solemne.
—Me dijo que, si algún día regresabas a esta ciudad, debía entregarte este colgante.
Arthur empujó la caja hacia Ethan.
Ethan cerró el puño con fuerza.
Una inquietud comenzó a invadirlo.
Conocía demasiado bien a su padre adoptivo.
Jamás hacía nada sin un motivo.
Con movimientos lentos, Ethan abrió el colgante.
En su interior había un diminuto papel cuidadosamente doblado y una vieja fotografía, tan deteriorada por el tiempo que apenas era posible distinguir la imagen.
La mirada de Ethan se volvió afilada.
Arthur dejó escapar un largo suspiro.
—Estoy seguro de que nunca antes habías visto lo que había dentro.
Por supuesto que no.
Jamás se habría atrevido a abrirlo.
Pero esta vez era diferente.
Impulsado por la curiosidad, Ethan desdobló lentamente el pequeño papel y leyó las palabras escritas en él.
Solo había una frase.
Una sola.
Pero fue suficiente para hacer que su expresión cambiara por completo.
«No confíes en la familia Blackwood.»
Todo el cuerpo de Ethan quedó inmóvil.
Después de todo...
La familia Blackwood era, según todos, su propia familia.