Mundo ficciónIniciar sesiónPor un instante, el pasillo del hospital quedó sumido en un profundo silencio.
Ethan sostuvo la mirada del anciano sin que la menor expresión cruzara su rostro.
Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese nombre.
Cinco años atrás, cuando desapareció del mundo de la medicina, el nombre del Maestro Orion también se desvaneció, envuelto en los innumerables rumores que circularon desde entonces.
—No sé de quién está hablando —respondió Ethan con indiferencia.
El anciano esbozó una leve sonrisa.
—Joven, podrás engañar a los demás, pero a mí no.
Ethan no respondió. En cambio, su atención se desvió hacia el bastón que el anciano sostenía entre las manos.
No era un simple bastón de madera negra.
En el mango estaba tallado el emblema de un dragón dorado.
Un símbolo que le resultaba demasiado familiar.
Las pupilas de Ethan se contrajeron apenas.
El anciano no pasó por alto aquel sutil cambio.
—Así que conoces este emblema, ¿verdad?
—No.
Ethan lo negó de inmediato.
Pero el anciano soltó una suave carcajada.
—Entonces, ¿por qué cambió tu expresión?
La paciencia de Ethan comenzaba a agotarse.
—No tengo tiempo para perderlo jugando a tus adivinanzas. Todavía tengo trabajo que hacer.
Apenas estaba a punto de marcharse cuando el anciano volvió a hablar.
—Hay alguien que te está buscando.
Los pasos de Ethan se detuvieron una vez más.
Por primera vez desde que aquella conversación había comenzado, sus ojos se volvieron gélidos.
—¿Qué quiere decir con eso?
El anciano no respondió de inmediato. Avanzó lentamente hacia Ethan mientras el sonido de su bastón golpeando el suelo rompía el silencio del pasillo.
—Alguien relacionado con la muerte de tu padre adoptivo.
Al instante, el aura de Ethan cambió por completo.
Su mirada afilada se clavó en el anciano y su mandíbula se tensó.
¿Cómo podía saberlo?
Muy pocas personas conocían el verdadero motivo de su regreso a la ciudad. Incluso su identidad seguía oculta. Sin embargo, aquel anciano parecía conocer el propósito de su llegada.
—¿Quién es usted en realidad? —preguntó Ethan, observándolo con desconfianza.
El anciano sonrió.
—Puedes llamarme Arthur Kane.
Aquel nombre sorprendió ligeramente a Ethan.
Arthur Kane era una de las figuras más respetadas del mundo de la medicina. Aunque llevaba años retirado, su nombre seguía siendo considerado legendario. Sin duda, él y el Maestro Orion habían estado estrechamente relacionados.
Arthur sostuvo la mirada de Ethan.
—Conocí a tu maestro. O, para ser más exactos, le debo la vida al Maestro Orion.
Ethan permaneció en silencio.
Arthur continuó hablando.
—Si no me crees, ven a verme esta noche. Puede que tenga algo que llevas mucho tiempo deseando saber.
Acto seguido, le entregó una tarjeta de presentación.
Después de decir aquello, Arthur se dio la vuelta y se marchó, dejando a Ethan de pie, contemplando la tarjeta entre sus manos.
***
Mientras tanto, en la sala VIP, el rostro de Rudrick palidecía con cada segundo que pasaba.
La mirada de Celine era tan afilada como una cuchilla apuntando directamente hacia él.
—Señorita Celine... ¿ocurre algo? —preguntó, forzando una sonrisa.
Celine dejó su teléfono sobre la mesa.
En la pantalla seguía reproduciéndose la grabación de las cámaras de seguridad del quirófano.
—Doctor Rudrick, ¿quiere explicarme algo?
El corazón de Rudrick comenzó a latir con fuerza, aunque hizo todo lo posible por aparentar calma.
—No entiendo a qué se refiere.
Celine reprodujo el video.
Las imágenes mostraban con absoluta claridad que quien había salvado a William Glare era Ethan, no él.
—Veo que eres muy bueno mintiendo.
La sonrisa de Rudrick desapareció al instante.
Sin pensarlo dos veces, cayó de rodillas frente a ella. Todo su cuerpo temblaba de miedo. Varios guardaespaldas lo observaban con expresiones feroces, listos para reducirlo en cualquier momento.
—Señorita Celine, puedo explicarlo todo. Por favor, perdóneme... —suplicó.
Pero ya era demasiado tarde.
Un solo error había manchado para siempre su reputación.
La voz de Celine se volvió glacial.
—¿Explicar qué? ¿Que intentaste apropiarte del mérito que le pertenece a otra persona?
El sudor comenzó a cubrir la frente de Rudrick.
Jamás imaginó que la familia Glare actuaría con tanta rapidez.
Después de todo, ya le había pedido a Ethan que guardara el secreto.
—La verdad... solo quería tranquilizar al señor William. Yo...
—Basta.
Celine levantó una mano.
Sus ojos reflejaban una profunda decepción.
—Lo que más detesto es a quienes roban el mérito ajeno y luego lo reclaman como si fuera suyo.
Rudrick tragó saliva.
Su carrera había terminado.
Por codiciar un beneficio incalculable, había acabado cayendo en la trampa de su propia mentira.
—Señorita Celine, le ruego que tenga en cuenta todos los años que he servido a este hospital. Le suplico que me dé una oportunidad más.
El hombre calvo la miró con desesperación.
—Si no fuera porque el estado de mi abuelo aún no es completamente estable, ya te habría echado de este hospital.
Los ojos de Celine brillaron con una frialdad cortante.
Rudrick quedó paralizado.
—Vete.
No se atrevió a discutir.
Abandonó la habitación con el rostro completamente pálido.
En cuanto la puerta se cerró, Celine volvió a fijar la vista en el video de su teléfono.
Ese hombre...
Era el médico interno llamado Ethan.
¿Quién era en realidad?
¿Cómo era posible que un simple médico interno hubiera salvado la vida de su abuelo con una técnica aparentemente tan sencilla?
Cuanto más lo pensaba, menos sentido tenía.
—Señorita.
Un hombre vestido de negro entró en la habitación.
Era el jefe de seguridad de la familia Glare.
—Tenemos otro avance.
Celine levantó la cabeza.
—¿Qué más encontraron? Dímelo de inmediato.
—Ya investigamos la identidad de ese hombre llamado Ethan.
—¿Y bien?
El hombre vaciló unos instantes.
—Lamentablemente, casi no encontramos información sobre él.
Celine frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Los datos que encontramos están demasiado limpios, señorita. Es como si alguien estuviera protegiéndolo deliberadamente.
Celine comprendió al instante lo que aquello significaba.
Una persona con una vida normal siempre deja rastros: estudios, amigos, familiares o antiguos lugares de trabajo.
Pero Ethan parecía haber aparecido de la nada.
—Sin embargo, encontramos una sola cosa —añadió el hombre, sin querer decepcionarla.
—¿Qué es? Dímelo de una vez.
El jefe de seguridad le entregó una fotografía antigua.
La mirada de Celine se posó de inmediato sobre la imagen.
En la fotografía aparecía un anciano vestido con una sencilla túnica, de pie junto a un joven cuyo rostro lucía mucho más juvenil.
Celine lo reconoció al instante.
—¿Este es Ethan?
—Sí, señorita.
Los dedos de Celine se tensaron ligeramente.
—¿Y quién es el anciano que está a su lado?
El jefe de seguridad negó con la cabeza.
—No lo sabemos. Pero alguien parece haber intentado borrar toda la información relacionada con ese hombre.
La expresión de Celine se volvió seria.
Su instinto le decía que acababa de rozar algo...
Algo mucho más grande de lo que había imaginado.
Y, en la esquina inferior derecha de la fotografía, había un emblema con la forma de un dragón dorado.
Era exactamente el mismo símbolo grabado en el bastón de Arthur Kane.
¿Acaso ese hombre era...?