El silencio en el vestíbulo de mármol negro se volvió asfixiante, una presión física que pesaba sobre los hombros de Lysandra. Maximilian no soltó la cintura de ella; al contrario, sus dedos se enterraron con más fuerza en la curva de sus caderas, obligándola a sentir la disparidad de sus temperaturas. Él irradiaba un calor volcánico que atravesaba la seda roja de su vestido, mientras ella todavía conservaba el rastro del frío nocturno y la humedad de la lluvia en su piel. El contraste era una