*—Uriel:
El trayecto hasta las torres residenciales fue silencioso. Uriel se aferraba al cinturón con las manos temblorosas. Por momentos, las lágrimas volvían, suaves, como lluvia que no se detiene. Cameron no dijo nada. Solo condujo.
Cuando llegaron, Uriel tragó saliva con fuerza. Le dolían las manos de tanto apretarlas. Las torres se alzaban frente a él como monstruos llenos de recuerdos. Miró la hora: las cuatro de la tarde. Danny no debería estar en casa, pero… ¿y si lo estaba?
—Tal