CAINE
Mi zapato seguía golpeando el suelo de baldosas rotas. Cada minuto, el policía tras el mostrador me lanzaba una mirada de disgusto. Cuando lo hacía, me aseguraba de devolverle una sonrisa y un guiño. Siempre la misma sonrisa, el mismo guiño arrogante.
Odiaba a los policías. Desde que era niño. Además, era fácil detestar a los tipos que me habían arrastrado hasta aquí y me habían dejado en una celda durante dos horas. Siendo justos, no era tanto tiempo… pero nuestro abogado familiar